Polaridades morales: hipocresía o cinismo
El esfuerzo por salvar las apariencias de la moralidad no goza de buena prensa. ¿Acaso eso da vía libre, entonces, para practicar un pragmatismo frío y desalmado? "Las virtudes son vicios disfrazados", decía el escritor francés La Rochefoucald (siglo XVII), queriendo impugnar la moral externa y convencional.Donde hay una distancia entre los dichos y los hechos, entre lo que se predica y lo que se practica, cuando se proclama un principio que no se cumple, estamos en el terreno de la hipocresía.Se ha dicho que vivimos tiempos en los que nada es lo que es, envueltos como están por el velo de la mentira y el manto de la farsa, henchidos de simulacro y afectación.En el plano religioso se cuenta en el Evangelio que Cristo enfrentó a los fariseos, a quienes llamó "sepulcros blanqueados"."¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, pues sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera parecen bonitos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia!" (Mateo 23, 27).En el mundo social en general, en tanto, abundan los personajes que se esfuerzan todo el tiempo en dar una imagen que no se corresponde con lo que verdaderamente son.La sensación de fraude y de mentira es tan fuerte y dominante que se tiene la tentación de creer que en el fondo la vida social es una gran comedia, donde cada quien se esconde detrás de un personaje.El cinismo aparece como una reacción contra la hipocresía. De hecho no es casual que el término aluda a la escuela filosófica de los cínicos, cuyo más famoso representante fue Diógenes.Sin trabajo y sin casa, viviendo en los márgenes de la sociedad, Diógenes despreciaba abiertamente los principios que veneraban los griegos, sus compatriotas, y por eso es considerado el maestro de la "contracultura" y el primer hippie de la historia.La literatura universal registra, en múltiples obras, a esos héroes que hastiados de ver tanta mentira en sí mismos y a su alrededor un día se rebelan.Pero a veces ése no es un cambio hacia la integridad, no es un rechazo de las convenciones existentes en búsqueda leal de la autenticidad, entendida como cualidad ética de vivir de acuerdo a lo que se proclama.Puede ser un viaje, por la vía de la burla de la virtud (vista como cosa falsa y externa), hacia la incredulidad más absoluta, hacia una especie de pragmatismo amoral.Oscar Wilde definió así al cínico: "Aquel que conoce el precio de todas las cosas y el valor de ninguna". Hay quienes piensan que en las sociedades posmodernas, caracterizadas por el desencanto y la pérdida de ideales, y donde lo importante son el éxito y el triunfo, crecen los cínicos.Se trataría de personas frías y sarcásticas, algo maquiavélicas e insensibles. Como no tienen que fingir nada por normas en las que no creen, y no conocen el fenómeno de la culpa, los cínicos actúan con descaro.El lenguaje común llama "desvergonzado" a quien, por ejemplo, miente de forma impúdica o exalta la improbidad indiscriminada. Algunos moralistas se preguntan qué es peor, si ser cínico o hipócrita. El filósofo católico Gustave Thibon ha hecho reflexiones profundas sobre el tópico. Aunque rechaza la hipocresía y el cinismo como opciones morales, plantea que la primera es en algún punto preferible."Un sepulcro cerrado y blanqueado -dice- es mejor que un sepulcro abierto: por lo menos no nos sofoca con su pestilencia. Pero con una condición: que no se piense que hay nada valioso detrás de la pobre cal que lo recubre".
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