Política despolitizada
En la Argentina del furioso "que se vayan todos" puja una política que castiga al poder y la representación tradicional, aunque al precio de instalar una cultura más o menos anárquica.o
El trasfondo es el hastío ciudadano, un fenómeno de causas múltiples, asociado a inconductas propias de los dirigentes políticos y a distintas crisis socioeconómicas.
El argentino medio es un sujeto altamente despolitizado, en el sentido de que ve al poder y todo lo que lo rodea con máxima desconfianza. Por eso entre nosotros los políticos han pasado a convertirse en personajes sospechados.
Lo llamativo es que la gestión de la cosa pública, lo que tiene que ver con la autoridad y la conducción, ha querido ser reemplazada por movimientos sociales alternativos, cuyo atractivo reside en que despotrican contra la política.
Paralelamente, muchos han descubierto en las ONG's un formidable ariete para terminar con el sistema de partidos. Estas movidas se aprovechan de la apatía generalizada de la población hacia el sistema político.
Muchos sociólogos de izquierda han festejado, en este sentido, la aparición del "asambleísmo", donde se predica una horizontalidad (es decir, participación igualitaria de los adherentes) que evoca a la "democracia directa" ateniense.
Hay personas que han encontrado en estas formas la manera de canalizar su vocación altruista. O su deseo de hacer el bien al próximo, comprometiéndose en causas nobles.
Sin embargo, hay quienes las perciben como alquimias que vienen a redimir la sociedad. Los decepcionados de la vida partidaria, sobre todo, se han refugiado en estos movimientos no sin cierta esperanza mesiánica.
Es decir, buscan atajos por fuera de la política, aunque con la idea de sustituirla. O más bien con la utópica creencia de que se puede licuar la autoridad. Es el viejo sueño anarquista de construir una sociedad que prescinda de la política, que es una de las esencias organizativas de la vida social.
La periodista María Seoane, en el diario Clarín de ayer, habla del dilema que plantea la despolitización de la sociedad argentina, cuyo síntoma es la crisis de los partidos políticos.
Llama la atención, a propósito, sobre el hecho de que sólo el 30% de un padrón de más de 27 millones de electores está afiliado a partidos políticos.
Y añade: "Muchos analistas opinan que el 70% restante propicia una cultura de la protesta y el escrache callejero, en la medida que la gran mayoría no parece dispuesto ni a intervenir en la cosa pública más que para elegir, obligado, a sus representantes".
Frente a esto, Seoane aboga por producir cambios urgentes al régimen de partidos políticos y al Código Electoral, con el objeto de recuperar la política en la democracia.
"Si no se reforma el sistema político, la tan criticada política de cortes callejeros y escraches hará que nuestra democracia sea más parecida a una asamblea en la selva que la que necesita la Argentina a las puertas de su Bicentenario", concluye.
En tanto, no hace mucho el académico argentino Adalberto Zelmar Barbosa advertía, por el diario La Nación, sobre el hecho de que "la aversión a los políticos ha avanzado sobre el campo total de la política", generando la falsa ilusión de que se puede prescindir de ese oficio destinado a dirimir el conflicto humano.
"Procuran el asalto del poder predicando la muerte del poder y la necesaria desaparición de los políticos", refiere Barbosa al salirle al cruce a los nuevos formatos con que se agazapa el viejo anarquismo.
Pero cuando declina la política –refiere- la sociedad sucumbe a las peores recetas totalitarias.
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