Política paranoica
El gobierno volvió a utilizar esta semana la teoría de los "conspiradores destituyentes", apelando al clásico argentino de depositar a fuera todo el poder del mal.Conspirar significa "unirse en secreto acuerdo con el fin de efectuar un acto ilícito o impropio o para usar tal medio para llevar a cabo un fin ilícito". En el planeta K, ya se sabe, el disidente está sospechado de intrigar contra el gobierno y la democracia.A decir verdad, esto del complot secreto, de las maquinaciones tras bambalinas de personajes y grupos oscuros, ya aburre de tanto ser invocado por el poder de turno.Al parecer todos traman algo contra los K. La lista puede ser extravagantemente frondosa: la iglesia, el campo, los medios, los famosos de la televisión, y 7 de cada 10 argentinos que votaron en contra del gobierno en junio pasado.Ahora se suman los piqueteros no oficialistas y los sindicalistas de la ultra izquierda. Al parecer todos ellos, coaligados misteriosamente, están manipulando los acontecimientos detrás de escena.La teoría conspirativa se ha vuelto un dispositivo retórico medular en el discurso oficial. Por lo pronto, encaja perfectamente con la concepción binaria y maniquea de la ideología kirchnerista.En ese mundo en el que sólo existen blancos y negros, amigos y enemigos, buenos y malos, todo cuanto ocurre de negativo o de adverso es achacable a los otros.Es un relato de la realidad que en el fondo desnuda las inclinaciones paranoicas del poder, ese delirio mental de estar siendo perseguido por fuerzas incontrolables.El psiquiatra español Enrique González Duro, en su libro La paranoia (1991), sostiene que "el pensamiento paranoide es rígido e incorregible: no tiene en cuenta las razones contrarias, sólo recoge datos o signos que le confirmen el prejuicio, para convertirlo en convicción".Es decir, se está en presencia de una mentalidad que obra como negación de la realidad, a la cual desfigura en función de preconceptos. Los rasgos propios de este pensamiento es que al mal lo coloca afuera.De lo que se trata es de echarle la culpa al otro por lo que pasa, y de esta manera eludir la responsabilidad ante los fracasos. Quien hace esto se considera a sí mismo víctima inocente e indefensa.Cuando los gobiernos empiezan a fracasar denuncian planes de desestabilización. Esta ha sido una constante en la Argentina, y el kirchnerismo parece no ser la excepción.Las teorías conspirativas a menudo no se toman seriamente debido a que muchas de ellas, casi por definición, carecen de evidencia verificable. Sin embargo, se diría que tienen anclaje en la cultura nacional.Qué mecanismos psico-sociales llevan a la invención y diseminación subsiguiente de teorías sin fundamento, quizá sea un tópico para ser analizado por expertos.Como sea, los argentinos somos expertos en utilizar los vicios, defectos y maldades de los demás para ocultar y negar los propios. Somos expertos en crear "chivos emisarios" sobre los cuales descargar nuestras frustraciones.Es más cómodo pensar que lo malo que nos pasa se debe a factores ajenos a nosotros, que intrigan en la sombra para estropearnos, que aceptar que nos hemos equivocado.Cuando el poder hace esto, cuando todo el tiempo gasta sus energías en convencer a otros y a sí mismo de que el mal está afuera, está eludiendo su propia responsabilidad en los fracasos.Adicionalmente, este modo de pensar lleva a la violencia y a la intolerancia hacia todo aquello que ha sido demonizado. El blanco de los ataques debe ser eliminado. La historia está llena de experiencias trágicas en este sentido.
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