Política y utopía
¿Por qué la política y los gobernantes son fuentes de desdicha? ¿A qué se debe este descontento permanente? ¿No será que se espera de la política lo que ella no puede dar?Mientras los teóricos dicen que uno de los dilemas de la sociedad del siglo XXI es cómo fundar la legitimidad del poder político, la posmodernidad se caracteriza por la queja constante hacia los gobiernos, que algunos llaman "quejocracia".Una de las razones del fenómeno quizá haya que encontrarla en que ha colapsado una visión utopista de la política. ¿Acaso se puede aspirar impunemente a un mundo que no puede existir ni existe? "No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió", dice una canción de Joaquín Sabina.La política no puede aspirar a la perfección de la sociedad, por la sencilla razón que el hombre no tiene esa cualidad angelical. Cuando intentó hacerlo, su fracaso fue estruendoso.Los regímenes comunistas de la Unión Soviética y los países del este europeo se comprometieron a emancipar al hombre, eliminando la explotación económica. Sin embargo, cuando se vinieron a pique, sus ciudadanos festejaron.Incontables ciudadanos del siglo XX han tenido que soportar regímenes políticos terribles, tanto fascistas como comunistas. El filósofo Karl Popper (1902-1994) entrevió que detrás de estas sociedades represivas latía una concepción utópica de la política, amante de la uniformidad y enemiga de la diversidad humana.El escritor Albert Camus, aterrorizado por cómo en nombre de la Revolución se aceptaba el asesinato colectivo, propuso como remedio "una ideología políticamente modesta, libre de todo mesianismo y de la nostalgia del Paraíso creado en la Tierra". El comunismo, en su utopismo, pregonó el fin de la política y del Estado. "La política quedará suprimida con la desaparición de la clase gobernante (...) porque el poder político sólo es la suma oficial de los antagonismos obtenibles en la sociedad burguesa", profetizó Carlos Marx.Aunque el socialismo real devino en una cruel tiranía donde reinó, la ideología marxista inoculó la maldición sobre el poder político, ya que todo acto de gobierno entraña, de acuerdo con su visión, un síntoma de desigualdad y opresión.Como la perfección utopista, la sociedad sin fallas, como la esperanza de transformar al hombre en un súper-hombre se frustró, la política y las desagradables cuestiones del poder no han sido erradicadas.Hay desencanto lógico frente a este hecho. Tras los experimentos de ingeniería social del siglo XX, que naufragaron en su intento de inaugurar una era pos-humana, empezamos a aceptar que la imperfecta vida política coexiste con la imperfecta humanidad.La existencia del Estado es una señal de que los conflictos no han tocado a su fin, de que la política aún rige al mundo. El filósofo Arthur Schopenhauer (1788-1860) consideraba que los utopistas del siglo XIX habían instalado en la gente la falsa idea de que el gobierno, sus funcionarios y sus instituciones eran un grupo de conspiradores que escondían la llave del paraíso."Siempre y en todas partes han provocado descontentos los gobiernos, las leyes y las instituciones: esto se debe a que la gente se inclina a creer que son responsables del dolor que, en realidad, es inseparable de la vida", escribió el filósofo.Según él, son muchos los que "atribuyen a los gobiernos las miserias que contradicen su optimismo". Para esta gente, dijo con ironía, "si los dirigentes políticos cumplieran con su deber, la tierra se convertiría en un paraíso, lo cual significa que todos podrían, sin el menor esfuerzo, comer hasta hartarse, beber hasta emborracharse, hacer el amor y luego morir".
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