Políticos y votantes, ¿quién elige a quién?
Tendemos a pensar que son los ciudadanos quienes votan a sus dirigentes políticos, como regla el juego democrático. Sin embargo, como nunca nada es tan lineal, la relación puede ser a la inversa.Hay razones para sospechar, en efecto, que en realidad son los políticos los que eligen a sus votantes. Esto remite a aquella otra definición de la democracia como un "gobierno de opinión", en el sentido de que el poder se asienta en la opinión pública.Mucha gente suele quejarse de las cabriolas de los políticos, de su capacidad para correrse en el espectro ideológico, y de trabar alianzas antes impensadas entre ellos.La manida frase "nunca digas nunca" describe una actividad en la que los adversarios de ayer pueden convertirse en los aliados de hoy, si con ello se puede llegar y conservar el poder.La ciencia política ha especulado largamente sobre la realpolitik (término alemán) como el ejercicio de la política basada en intereses y no en ideales. La búsqueda pragmática del poder no hace, en este sentido, cuestión de nombres.El realismo político, así, muchas veces aconseja acordar con políticos que antes estaban en la vereda de enfrente. ¿Hay algún límite ético-ideológico para estos enroques?El axioma de que "todo depende del color del cristal con que se mire" también es operativo en este terreno. Para ser condescendientes con los personajes, quizá deba decirse que ya no se puede hacer política omitiendo los cambios en el entorno.Hoy parece bastante claro que lo que un gobierno puede y no puede hacer está condicionado por la opinión pública. No pasaba así en las monarquías absolutas, donde el mando no se discutía.Pero no sólo eso: los armados electorales, la oferta política de la dirigencia a la sociedad, el rearmado distrital de los partidos, busca parecerse a los votantes, a sus valores, preferencias y expectativas.El hecho de que los políticos elijan a sus votantes no sólo ocurre en Argentina sino también en el mundo. Los ejemplos abundan. Por caso Daniel Scioli, considerado por algunos analistas como "la esperanza blanca del kirchnerismo", en términos electorales, ¿no reúne acaso un perfil ideológico similar al opositor Mauricio Macri?Pero lo decisivo del gobernador de Buenos Aires no está ahí, sino en el hecho de que su figura encarna los valores del votante de ese megadistritro, al parecer más conservador y moderado.Para el paladar negro del kirchnerismo, Scioli podrá ser visto como un infiltrado ideológico neoliberal, pero a los fines pragmáticos de conservar el poder es una pieza estratégica de primer orden.El hecho de que el radical Ricardo Alfonsín, para dar pelea justamente en la provincia de Buenos Aires, haya despreciado a los radicales genéticamente puros (Margarita Stolbizer) para postular a gobernador al peronista Francisco de Narváez, no sólo es otro ejemplo de realpolitik.Abona también el axioma según el cual los políticos también eligen a sus votantes. Se podrían dar otros ejemplos, en distintos armados políticos distritales del país, para corroborar esta lógica.Esto de acomodar a los candidatos a las mismas inclinaciones políticas de los ciudadanos podría se visto como una respuesta de la clase política a su pérdida de representatividad.Por eso la pregunta de quién elige a quién -si los votantes a los políticos, o éstos a aquellos- parece pertinente. Y se diría que cuadra con la afirmación de que las sociedades tienen los gobiernos que se les parecen, como acaba de reflotar Aníbal Fernández, aunque dándole un sentido peyorativo a la expresión, a propósito de la última elección porteña.
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