Editorial |

Precaverse este año de las encuestas electorales

Hace tiempo se sabe que las mediciones de opinión no son instrumentos neutros, políticamente hablando. Y mucho menos en un contexto, como este año en Argentina, donde se juega el poder. Los sondeos son útiles para establecer un diagnóstico, detectar cambios sociales, definir y planificar estrategias de acción que permitan al candidato orientar correctamente su campaña. Sin embargo, ¿son todas creíbles? ¿Cómo saber que son fiables? Las preguntas se justifican a la luz de la malversación de que son objetos, con fines propagandísticos. Por principio general, el ciudadano avisado está al tanto de que no todo lo que circula por las redes sociales o se publica en los medios de comunicación es verdadero. Como dice el especialista Maureen Malanchuk: “La información que tenemos no es la que queremos. La información que queremos no es la que necesitamos. La información que necesitamos no está disponible”.“Dime quién pagó la encuesta y te diré quién gana”. Ésa parece ser la verdad inquietante de las “encuestruchas” que con profusión empiezan a circular en época electoral. Es decir, sus resultados suelen reflejar los intereses de quien las paga, de quien las financia, cuya pretensión de fondo es buscar influir en la decisión de los votantes, cuyas opiniones se desea “modelar”, a favor de equis candidato. En realidad los propios encuestadores reconocen estos vicios de la profesión. Celia Kleiman, titular de CK Consultores/ Polldata, ha advertido hace poco sobre las intenciones aviesas de este tipo de mediciones. “Promocionadas por candidatos que se enamoran de las mismas –sostuvo-, intentan pivotear sobre el efecto ‘bandwagon’, que sostiene que los votantes podrían inclinarse por la opción electoral que aparezca como favorita para ganar las elecciones, es decir, que se subirían al ‘carro ganador’”. Kleiman sugiere que los patrocinadores de estas “encuestruchas” pueden convertirse en sus principales víctimas, al creerse su propia mentira estadística, la que los conduce a un peligroso espejismo. Para Federico Gonzalez, de la consultora González y Valladares, “desde el deber ser del ciudadano debería estar blanqueado quién financia cada encuesta, pero también hay una lógica del cliente–proveedor con acuerdo de confidencialidad”. Según el consultor Raúl Aragón, las empresas que realizan encuestas “técnicamente son muy buenas, pero después hacen algunas picardías con los números”. Para Artemio López, de la consultora Equis, es importante blanquear de dónde se financia cada encuesta. Para él, “las encuestadoras que no quieren decirlo mantienen la fábula de la objetividad e independencia porque, al no tener solidez en argumentos, se resguardan en la objetividad”. Los propios consultores, en realidad, aconsejan tomar distancia de lo que dicen las encuestas, muchas de ellas verdaderas retóricas o narrativas políticas, con fines propagandísticos. Aconsejan a los lectores, al respecto, fijarse bien en estos ítems: ¿Quién pagó la encuesta?, ¿Cuándo se hizo?, ¿Cuántas personas respondieron y cuáles eran sus características socio-geográficas?, ¿Cómo fueron seleccionados los entrevistados y de qué manera se aplicó el cuestionario?, ¿Cuál fue la pregunta hecha?, ¿Cuál es el margen de error, nivel de confianza y tasa de no respuesta? Por lo demás, aunque parezca una obviedad, no hay que confundir la encuesta, que en teoría es un ejercicio de aproximación para conocer el ánimo de los votantes, con la realidad decisoria de los ciudadanos, el día de la elección.

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