Editorial |

Preguntarse qué es lo peor que puede ocurrir

Habitualmente no nos figuramos ninguna desgracia antes de que suceda. Por eso algunos sucesos infaustos que no esperábamos nos causan mucho daño. ¿No convendría tener en mente siempre la peor hipótesis?

Dado que nos hiere más lo que no esperábamos o no entraba en nuestros cálculos, el estoico Lucio Séneca (4 a.C.- 65 d.C.) aconsejaba tener siempre en mente la posibilidad del desastre.

Nadie debería emprender un viaje en coche, o bajar las escaleras, o despedirse de un amigo, sin una conciencia de las posibles fatalidades. En Argentina –como ocurre hoy- los ahorristas en peso parecen hacerle caso a Séneca: se pasan a dólares, previendo que lo que viene será mucho peor.

Al reflexionar sobre las desgracias que pueden sobrevenir, Séneca se remitía a la diosa Fortuna, (nombre que le daban los antiguos al “azar” o destino).

Esa diosa sostenía en una mano una cornucopia (que simbolizaba su capacidad de conceder favores) y en la otra la palanca de mando de un timón (símbolo de la facultad más siniestra de cambiar los destinos).

La cuestión es que Fortuna era caprichosa: lo mismo podía otorgar amor, progreso y salud, que dar un golpe con un efecto aterrador. Séneca, que particularmente había sufrido graves frustraciones, creía que la diosa hiere más de lo que cada uno espera.

Puesto que hemos de esperar cualquier cosa, el filósofo proponía entonces que tengamos siempre en mente la posibilidad de la desgracia. No deberíamos andar por el mundo con una actitud ingenua, sino asumiendo por anticipado las posibles fatalidades.

A propósito escribió una meditación donde se lee: “Nada hay estable, ni en privado ni en público; tanto el destino de los hombres como el de las ciudades cambia (…) Todo cuanto prolongadas generaciones han construido con asiduos trabajos y la continua protección de los dioses, lo dispersa y destruye un solo día”.

Reflexionaba el estoico: “Todas las obras de los mortales están condenadas a morir, vivimos en medio de cosas perecederas. Has nacido mortal, has parido mortales. Piensa en esto. Espéralo”.

Otro estoico, Marco Aurelio, recomendaba empezar la mañana recordándose que a lo largo del día se encontraría con ingratitud, egoísmo, insolencia y mala voluntad.

Se lo decía a sí mismo, para estar preparado para lo que iba a venir, porque todo eso está fuera de nuestro control. La clave es la actitud que tomemos ante ello, algo que sí depende de nosotros.

Evitar la sorpresa nos ayuda a anticiparnos a los reveses. Nuestro ánimo debe anticiparse a todo acontecimiento y pensar no ya en todo lo que suele suceder, sino en lo peor que puede ocurrir.

Ésta receta estoica contribuiría a la fortaleza mental. El “premeditar” los daños nos permitiría, en efecto, reducir el volumen de las emociones que se producirán en el caso de que los daños realmente lleguen.

El concepto recuerda lo que enseña la teoría cognitiva actual cuando habla de “descatastrofiar” la vida. Es decir, hay que pensar que los reveses, por duros que sean, no son “el fin del mundo”.

Lo que hoy nos produce un profundo dolor, al cabo de unos meses será un recuerdo; y, es más, si nos vuelve a ocurrir, nos afectará en menor medida y cada vez menos cuanto más expuestos estemos.

El mejor antídoto contra la desgracia, dirían los estoicos, sería considerar que posiblemente ocurrirá. “Si quieres liberarte de toda preocupación, imagínate, sea cual fuera el acontecimiento que temes, que se ha de realizar indefectiblemente”, escribió Séneca.

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