Preservar la gestión decente en la comuna
Los gobiernos de Gualeguaychú han trascendido por ser administraciones austeras y honestas. Es un valor compartido por la sociedad que los funcionarios deben, sí o sí, tener idoneidad ética.o Esta comunidad tiene un raro privilegio: sus intendentes gozan del respeto público de sus vecinos. Y esto porque existe la percepción de que, más allá de sus falencias, han encarnado el valor de la decencia administrativa.La cultura política de Gualeguaychú, amasada en la creencia de que los recursos públicos son sagrados, ha dado forma a las gestiones municipales, generando anti-cuerpos éticos.Pero sabemos que, incluso más allá de las intenciones nobles de los responsables comunales, el aparato estatal puede contener miembros que no asuman ese ideal cívico.El llamado “escándalo de la Tesorería”, ocurrido años atrás, por el cual se descubrió el desvío de importante cantidad de dinero público, fue un golpe muy duro al prestigio de Gualeguaychú.Un tsunami moral recorrió a esta comunidad, no acostumbrada a que ocurran estas cosas. Aunque el tema aún se está ventilando en la justicia, existe la creencia muy firme de que el intendente de entonces procedió como debía: él encabezó la denuncia.Ojalá que cuando este caso se esclarezca, y de esta manera se castigue a el o los responsables y se exonere de toda sospecha a quienes no hayan cometido ningún delito, esta ciudad salga fortalecida.Por estas horas, en tanto, el intendente Juan José Bahillo le ha pedido la renuncia a uno de sus funcionarios políticos. Esto está motivado por una investigación que ha abierto el gobierno de la Provincia por fondos relacionados con comedores comunitarios.En concreto el funcionario en cuestión estaría vinculado a irregularidades en esta operatoria, y eso determinó su apartamiento de la administración municipal. Por cierto que todavía se está en etapa de investigación y la cuestión no se ha dilucidado.El episodio no debe pasar desapercibido ni debe ser tratado con liviandad. Imaginamos el impacto que ha generado en la administración municipal, en especial en el propio intendente.Pedirle la renuncia por una cuestión así a alguien en quien se había confiado para una tarea de gobierno, debe ser una situación ética embarazosa. Como sea, está en línea con lo que debe hacerse en estos casos. Nosotros queremos volver a este punto: Gualeguaychú debe preservar la gestión decente en la cosa pública. Cuando decimos “preservar” es porque reconocemos que hay una sana tradición que perdura en el tiempo.La ciudad debe sentirse orgullosa de este capital intangible amasado por ciudadanos que, circunstancialmente al frente del gobierno municipal, han hecho honor a la probidad cívica.Los jefes comunales y sus funcionarios podrán ser más o menos eficaces en la administración, pero de ellos se piden buenas intenciones y honestidad en los procedimientos. La comunidad local parece tener claro este concepto. Quizá porque ella sabe, como una creencia arraigada, que la moralización del Estado ha estado en la base del desarrollo de Gualeguaychú.El día que decline la cultura doméstica del manejo decente de los dineros públicos, a favor de la laxitud ética en el gobierno y en el manejo de los fondos oficiales, se habrá perdido una batalla clave para el futuro de esta comunidad.Las sociedades que se acostumbran a lo peor, que se familiarizan con la corrupción política y estatal, debilitan su espíritu cívico y por este camino están condenadas a la decadencia.
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