Qué nos dice Malvinas hoy
¿Es la Argentina algo más que una geografía habitada? ¿Existe algo así como una “conciencia nacional”, a partir de la cual es posible reconocer la existencia de un pueblo?
¿Es la Argentina propiamente una nación, un grupo humano con conciencia de sí, con decisión de emprender una empresa común, dueña de un carácter propio que la distingue del resto de las naciones?
¿Hay algo así como un proyecto nacional, una utopía colectiva, capaz de aglutinar las voluntades dispersas, y de acallar los reclamos sectoriales, siempre animados por intereses mezquinos?
La anarquía espiritual que hoy reina en el país –una sociedad apática y descreída que mira con resignación la eterna puja por el poder de grupos facciosos- revela la ausencia de un factor cultural cohesivo.
Increíblemente, ya se empiezan a escuchar lamentos del tipo “este país de m...”, que allá por 2001 mostraban el grado de enajenación de los argentinos hacia su propia tierra.
Llevamos en un sentido nuestra condición de argentinos en forma vergonzante. Hay algo dramático aquí que insinúa que pese a la historia común, la Argentina no se encuentra consigo misma.
Está en crisis el ser nacional, dirá alguno. Alguien ha dicho por allí que de tanto fracasar, la sociedad argentina se ha resignado a llevar una existencia más o menos mediocre.
La falta de un proyecto o una empresa convocante, lo suficientemente movilizadora, denuncia nuestra falta de ambición. Pues bien, ¿qué nos dice este nuevo 2 de abril?
¿Qué mensaje nos trae Malvinas, en este particular momento histórico? Esas islas irredentas, en el confín austral, por las que miles de argentinos pelearon en 1982, nos recuerdan que hay causas colectivas.
El sentimiento malvinero hoy se cuela, en virtud del calendario, en un escenario espiritual erizado por la confrontación entre los argentinos y por la pérdida de fe en las posibilidades del país.
El contraste es manifiesto: cuando hoy todo nos desune, y nos divide, allí está Malvinas recordándonos que los países tienen existencia histórica cuando abrazan generosamente proyectos colectivos.
Malvinas, más allá de la disputa territorial y de las vicisitudes de la guerra del ‘82, simboliza el hecho de que la patria existe y que no es pecado empeñarse en hacer algo mejor por ella.
Los argentinos estamos desmalvinizados desde el momento que anteponemos otro interés al del país. Nuestro sentimiento patriótico luce raquítico y eso nos impide imaginar una Argentina mejor.
Estamos lejos, muy lejos, de pregonar el chauvinismo, esa patología que excluye a las otros, que desprecia al extranjero, y que es contraria al amor sano por la patria.
Ser patriota es, etimológicamente, pertenecer a “la tierra de los padres”. Y los compatriotas son “hijos de un mismo padre”, es decir, hermanos. El día que comprendamos estas cosas, quizá los argentinos empecemos a entendernos.
Al recordar la generosidad de los veteranos de guerra y reivindicar los derechos sobre las Malvinas, hoy puede ser un día para encontrarnos con ese sentimiento colectivo ligado a lo nacional que tanto nos hace falta.
Vigorizar el orgullo argentino, sentirnos partícipes de un proyecto con tradiciones, valores, culturas y afectos compartidos, ayudará a disolver las fuerzas que conspiran contra la unidad nacional hoy amenazada.
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