¿Quién destruyó el sistema de partidos?
El origen de los partidos políticos se remonta a revoluciones burguesas de fines del siglo XVIII –la independencia norteamericana y la Revolución Francesa-, en las que se originó el sistema representativo de gobierno.
En este sentido, los partidos aparecen como instrumentos indispensables de la democracia, ya que están ligados al derecho popular a elegir, sobre la base de la concurrencia de distintas formaciones políticas.
Sin embargo, una cosa es el ideal y otra la realidad. Como se sabe, Argentina tiene una larga tradición de interrupción institucional. Los golpes de Estado, que abrían interregnos de gobiernos militares, signaron nuestra vida pública.
Pero el regreso de la democracia en 1983 marcó un punto de inflexión. El país experimentó, entonces, una efervescencia cívica incomparable. Y los partidos políticos vivieron su primavera.
Ahora bien, desaparecida de escena la variante golpista en todos estos años –más allá de algunas asonadas prontamente sofocadas- ¿qué ha quedado de las instituciones partidarias?.
Un rasgo atraviesa a todas estas estructuras: la pérdida de participación ciudadana en su base, seguida de la desaparición de la educación cívica e intelectual en su seno.
La afiliación es escasa y la militancia todavía más. Y en general, la forma más común de participación ciudadana es la concurrencia electoral. En este cuadro, los partidos han quedado en manos de minorías que desarrollan su acción sin control social alguno.
Son aparatos que han devenido en puras máquinas electorales. Los partidos existen –dentro de esta lógica- sólo para ganar elecciones y de este modo acceder al control de los resortes del Estado.
De ser instrumentos de la sociedad, en un régimen representativo, los partidos se han convertido en medios de una minoría que vive “de” la política, en lugar de vivir “para” la política.
A esta realidad alude el termino “partidocracia”, que no es otra cosa que el “dominio de los partidos”. ¿Quiénes controlan estas estructuras, gracias a las cuales se llega al poder del Estado?.
Algunos le llaman la “corporación política”. Para dar la idea de que es una categoría social cerrada (endogámica) que existe para su propio provecho, y se defiende en bloque.
El sociólogo Eduardo Fidanza, en un artículo publicado por el diario La Nación, con el título “Los escombros del sistema de partidos”, comenta el caso de la inquietante aparición en escena de Francisco De Narváez.
Todo el mundo sospecha que el empresario arriba a la política para pervertirla, para reducirla a la estricta lógica económica. El oficialismo y un arco importante de la oposición se rasgan las vestiduras ante De Narváez.
Con buen tino, Fidanza se pregunta a propósito: “¿quién destruyó el sistema de partidos, reduciéndolo a cascotes, el empresario exitoso o los dirigentes políticos?”.
¿No habrá sido la propia corporación política quien demolió el sistema de partidos?. ¿No lo hizo mediante la ausencia de elecciones internas o internas fraudulentas; con pactos hechos a espaldas de los militantes, y obturando la renovación de cuadros?.
¿Manipulando calendarios electorales o pactando con otras fuerzas para conservar cargos en la administración pública? ¿O haciendo arreglos ocultos para garantizar impunidad a sus miembros corruptos? ¿Mezclando los intereses del Estado y la política o cambiando las reglas de juego con candidaturas testimoniales, entre obras aberraciones?.
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