Razón o creencia entre los electores
Saber lo que piensan los votantes es un dato valiosísimo para los candidatos y los partidos. Pero nada sería más difícil que desentrañar la convicción de los electores.En las últimas elecciones porteñas las encuestas derraparon, pero el dato saliente es que el fenómeno es universal. Los sondeos de opinión están en crisis a nivel global y algunos aventuran que urge revisar la metodología de las mediciones.Esta falta de exactitud en los pronósticos alimenta las sospechas de que las mediciones, en lugar de reflejar la opinión de los votantes, pretenden orientarla en cierto sentido, convirtiéndose por tanto en instrumento de propaganda de determinada fracción política.Existe la teoría de la elección racional, según la cual los actores sociales eligen libremente a partir de un conocimiento de los costos, beneficios y consecuencias de su elección.La creencia en la existencia de un votante autónomo racional es vital para la versión ilustrada de la democracia. Dado que el poder reside en el pueblo, se espera que este último sepa qué hace con su voto.Idealmente, según este esquema, el elector es aquel que, competente cognoscitivamente, y dotado de la máxima información, elige "racionalmente" determinado programa de gobierno.La mayoría de los votantes suscribe a este modelo, porque todos asumen la naturaleza lógica, defendible y totalmente inteligente de sus decisiones.Lo que se espera es que esas decisiones incluyan las preferencias de máximo interés de los individuos y de la sociedad en general. La expresión "el pueblo nunca se equivoca" refrendaría esta concepción benigna del elector clarividente.De aquí se deriva otra conclusión: el candidato o el partido que resulte ganador en una contienda electoral, estaría investido no sólo con la legitimidad que le da la "voluntad" de la mayoría, sino que además le asistiría la "razón".Pero hay quienes piensan que la idea de un votante racional y autónomo sólo es un mito. Al respecto se apoyan en los descubrimientos de la psicología social moderna.Walter Lippmann, en su célebre libro 'La opinión pública' (1922), sostiene que las imágenes que tenemos en la cabeza equivalen a un submundo en el cual creemos completamente.En todos los sujetos, sostiene, la observación de los hechos, y de la realidad política, está filtrada por puntos de vista selectivos, puntos de vista guiados por estereotipos o ficciones interesadas.En estas "versiones" predominan creencias simplificadas de la realidad, ajustadas a los deseos, que se resisten activamente a toda otra evidencia que pueda perturbarlas.Aquí la imagen del votante puramente racional se evapora y se percibe más como un sujeto pre-juicioso que adhiere a un partido político como a un club de fútbol o a una Iglesia.Tiene un peso decisivo, por tanto, la diferencia entre el grupo propio y el ajeno. El orgullo tribal, la conciencia del "nosotros", lleva a pensar mal, sin motivo racional suficiente, de los "otros" (rivales políticos).Las preferencias electorales serían, en suma, actos de fe o de esperanza, en donde cada uno ve lo que quiere ver. De suerte que ninguna opinión o dato en contrario es capaz de conmover la "creencia" del elector.No habría evidencia (la que indicaría que el candidato en cuestión fuese, por ejemplo, corrupto) que modifique una certeza bien grabada. Ningún descubrimiento cambiaría, de última, un amor enajenado.¿Cómo es el cerebro de un votante? ¿Cómo piensa? ¿Es racional o creyente?
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