Rebrote de violencia que es inaceptable
Los episodios de agresión política sufrida en el conurbano en el marco de la campaña electoral en ese distrito, y el salvaje ataque a un templo católico histórico en Capital Federal, representan una imagen inadmisible de intolerancia.La iglesia profanada es la de San Ignacio de Loyola, la más antigua de Buenos Aires, al lado de la cual los jesuitas construyeron en el pasado un colegio, que en 1863 se transformó en el Colegio Nacional Buenos Aires, hoy tomado por un grupo de estudiantes.Aunque los responsables del ataque no fueron identificados, se acusa a un grupo de jóvenes del Colegio Nacional de haber intrusado el templo, donde además de prender fuego a objetos, pintaron leyendas anticlericales, e incluso orinaron en el altar.En el piso de la iglesia se descubrieron pintadas con mensajes anticatólicos como: "La única iglesia que ilumina es la que arde", "Hipócritas" y "Ni Dios ni Amo". Las autoridades del colegio, como no podía ser de otro modo, salieron a repudiar el episodio."No sabemos aún quiénes son los responsables de semejante acto de violencia, pero seguramente serán expulsados por la gravedad de los hechos -afirmó a la prensa el rector Gustavo Zorzoli-. Estos actos exceden la toma y son inaceptables. Hace décadas que no ocurre algo tan grave en el colegio".Aunque no es la primera vez que un templo es profanado en Argentina, cabría preguntarse cuál es el móvil que está detrás de estos injustificables hechos vandálicos.Pero la intolerancia también se ha colado por estos días entre facciones internas del peronismo bonaerense, en medio de la campaña proselitista con vistas a las elecciones del 27 de octubre.La dialéctica de las pedradas, de los puños y de las emboscadas, ha venido a sustituir la del debate, que es el modo civilizado en que se tramitan las diferencias en la democracia.La política en Argentina, de un tiempo a esta parte, ha sido colonizada por una gestualidad y un lenguaje de demonización del adversario. Y ya se sabe que la violencia simbólica opera como combustible de la violencia física.No está demás recordar, por otra parte, que el país tiene una larga historia en la cual las hostilidades políticas terminaron muy mal, en algunos casos en baños de sangre.Se sabe además que cuando estos hechos de agresión se repiten conforman luego una espiral de violencia difícil de parar. La democracia argentina debería tomar recaudo contra estos grupos radicalizados que no tienen reparos en utilizar la fuerza.Las sociedades civilizadas han comprendido que en el mundo humano no existen las unanimidades sino la divergencia y el disenso. Y eso implica, básicamente, que hay que convivir con el que piensa distinto.Implica aceptar al prójimo, cuya existencia obliga a tener que acordar. La forma superior de convivencia, por tanto, es el diálogo en que se discuten las razones de nuestras ideas.Acabar con el intercambio democrático, con las discusiones pacíficas en el marco del Estado de Derecho, es aceptar el principio fascista que proclama que la violencia es la única razón.La acción directa por fuera de la legalidad de grupos que pretenden imponer su razón por la fuerza, bajo la lógica de los puños y las pistolas, es propia de los regímenes totalitarios.Pero la sociedad argentina ha optado, afortunadamente, por un régimen de convivencia democrática y de Estado de Derecho. El único que permite que puedan convivir los que piensan y sienten distinto.
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