Recuperar el sentido de patria
¿Acaso no estamos en presencia de un sentimiento o convicción a contrapelo de la homologación planetaria? ¿No es una entidad perimida –o una rémora- en un contexto donde prevalecen los “ciudadanos del mundo”?
El llamado “posmodernismo”, un concepto con el cual se ha definido nuestra condición cultural, no sólo ha declarado la muerte de las ideologías. Lo más inquietante es que postula la eliminación de los particularismos y la amnesia sobre el pasado.
Y la patria, se sabe, es la tierra del padre. Es por tanto un hogar simbólico en el que confluyen tradiciones, valores, culturas y afectos compartidos. Ser patriota es honrar esta pertenencia.
Es natural, entonces, que recurramos a la historia, como hoy, para afianzar esta identidad. Es que allí, en el pasado, están las personalidades y circunstancias admirables cuyo conocimiento y exaltación sirven como modelos de identificación.
Pero esta riqueza es barrida por la “conciencia cero” del posmodernismo planetario. La llamada cultura mediática -la transmisión en tiempo real de la informática y la TV- postula la obsolescencia de las identidades mediante la técnica de la amnesia.
Romper los lazos que nos unen con la herencia cultural, con aquello que nos vincula raigalmente con “la tierra del padre”, sólo es posible si se opera un exterminio de la noción de pasado.
Historiadores contemporáneos de la talla de Eric Hobsbawn han advertido ya sobre este inquietante fenómeno: “La destrucción del pasado es uno de los fenómenos más característicos y chocantes del fin del siglo veinte”, revela en el libro ‘La Edad de los Extremos’.
“La mayoría de los jóvenes crece en una especie de presente continuo, sin relación orgánica con el pasado público de los tiempos que viven”, refiere el historiador.
En un punto, la globalización y su ideología planetaria nos ha tomado a los argentinos sin un punto fijo donde afirmarnos. La “argentinidad” tambalea a caballo del desprecio hacia la tradición (que etimológicamente significa continuidad, traspaso, transmisión).
Pero ningún país que se precie de tal puede subsistir en la corriente de la historia, ninguno puede ser protagonista en el concierto mundial, sin orgullo nacional, sin un sentimiento patriótico elemental.
Amar a la patria, por tanto, en pensamiento y en acción, hacerla mejor cada día, desde el lugar que a uno le toque actuar, es un presupuesto básico en la construcción del país.
Pertenecer a la “tierra del padre” es signo de unión nacional. Porque entonces los argentinos ya no son extraños entre sí, son los “hijos del mismo padre”, es decir, hermanos.
Frente a la amnesia del pasado, la desaparición de la identidad y la amenaza divisionista, y ante una nueva celebración del 25 de mayo, reafirmamos la realidad de la patria.
No se trata de despreciar lo exterior, eso sería chauvinismo, una patología que ha hecho mucho daño a la humanidad. Se trata de hacerse cargo de un legado, de una herencia, y de comprometerse con las cosas del país.
Y de hacer carne aquellos dichos del poeta, cuando escribió:
“Nadie es la patria, pero todos debemos ser dignos del antiguo juramento (...) Nuestro deber es la gloriosa carga que a nuestra sombra legan esas sombras
que debemos salvar (...) Nadie es la patria, pero todos lo somos. Arda en mi pecho y en el vuestro, incesante, ese límpido fuego misterioso”.
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