Renunciando al futuro
Creemos haberlo dejado claro en nuestras dos notas anteriores: el debate profundo que se viene es el de la propiedad de la tierra. Por Mario Alarcón MuñizEspecial En realidad suele ser motivo de discusión, no muy frecuente en nuestro país ni tan intenso como ha llegado a ser en países hermanos del continente. Sin embargo, es discusión al fin y asunto pendiente entre los grandes temas nacionales, esos que la mayoría de los gobernantes siempre ha mirado de soslayo, quizá para no comprometerse ni tomar decisiones que compliquen otras cosas, por lo general menores y circunstanciales. Una elección, por ejemplo, o las relaciones con intereses poderosos.Muy pronto se hablará de esto. Tenemos que hablarlo. No ya para cuestionar a los latifundistas vernáculos, como ha ocurrido hasta ahora, sino a los extranjeros -grandes consorcios- que cada día son más, según lo hemos señalado con datos elocuentes. ¿Pueden esos consorcios internacionales o propietarios extranjeros adueñarse de la tierra argentina? Hablamos de la tierra, que es el sustento de casi toda la economía nacional. No se trata de un asunto trivial que puede pasar o ser postergado para ver que sucede dentro de unos años. Rocamora y ArtigasLa historia nos enseña unas cuantas cosas. En tiempos de la colonia, a fines del siglo XVIII, cuando llegó Rocamora a Entre Ríos para tratar de organizar la vida provincial y comenzó fundando tres villas en sólo ocho meses (Gualeguay, Concepción del Uruguay y Gualeguaychú, en ese orden) se encontró con que aquí había pobladores que trabajaban la tierra o la ocupaban con sus ganados, pero no eran propietarios.Los dueños estaban en Buenos Aires, cerca del poder y probablemente ni siquiera supieran dónde quedaba Entre Ríos. Entonces Rocamora le reclamó al virrey Vértiz, poniéndose del lado de los campesinos. Es decir, de quienes vivían en el campo. Pidió que se les otorgara el reconocimiento de la propiedad, más allá de los títulos exhibidos por señores de Buenos Aires. Siglo XVIII, época de la corona española. No era el Che Guevara. Era Rocamora.Después Artigas distribuyó tierras a sus paisanos (gauchos pobres, aborígenes y negros), pero no le quitó nada a ningún criollo, sino a los enemigos -como decía el Protector- que no eran otros que los terratenientes españoles, es decir los extranjeros.Bien avanzado el siglo XIX pasaron muchas cosas, entre ellas el despojo de la Patagonia y su reparto, no a los trabajadores ni a los indios, sino a los regalones del poder. Más tarde hubo en Entre Ríos una buena y pacífica política de colonización: el plan agrario Horne, en la década del '30. Luego apareció Perón y acuñó la consigna "la tierra para el que la trabaja". Y poco sucedió después con el cuento de atender el economicismo y otras yerbas, hasta llegar a Menem, Cavallo y el avance de los capitales extranjeros sobre la tierra nacional, que lejos de interrumpirse con los cambios de gobierno registrados desde entonces, continúa en todo su esplendor sin que nadie diga nada. Mirar para otro ladoNadie es una forma de decir, porque algunos reclamos se han formulado. ¿Quién habló hace cuatro años y medio? No lo hizo ningún partido revolucionario, ni comunista, ni anarquista, ni cosa que se le parezca, sino la Iglesia. El Episcopado publicó a mediados de 2006 un documento titulado "Una tierra para todos", en el que alertaba acerca de la permanente transferencia de la propiedad de la tierra al patrimonio de capitales extranjeros.Poco se escuchó y casi nada se leyó. Si alguien se enteró miró para otro lado, como si fuese un asunto ajeno.Cuidado con esto, insistimos. En nuestra nota anterior y en la que publicamos el 14 de noviembre hay datos precisos que no hemos de reiterar ahora por razones de espacio. Pero es muy fácil comprobar que desde hace tiempo -y con mayor intensidad y persistencia en los últimos ocho años-, nuestro país ha estado perdiendo la propiedad de la tierra. En la década del '90 los argentinos entregamos el petróleo, el gas, el manejo de la energía eléctrica, las comunicaciones, los ferrocarriles, los bancos. ¿Qué nos queda por perder? La tierra. El suelo donde pisamos y en el que producimos. Y que además tiene agua, superficial y subterránea. La compran en buena ley, es cierto, aunque en realidad ley no hay.El Censo Nacional Agropecuario de 2008 -indicábamos hace una semana- detectó la desaparición en diez años de 148.000 productores medianos y pequeños El chacarero y el ganadero dejan de trabajar, se retiran a vivir de rentas y el peón se refugia en las villas miseria de las ciudades. La operación es legal, porque al contrario de lo que ocurre en otros países, nada lo impide. Pero no es una compraventa cualquiera. Se trata de la tierra. Si dejamos librado este negocio a las reglas del mercado, la oferta y la demanda, sin nada que lo regule ni controle, como si estuviéramos comprando o vendiendo zapatillas, empezamos a renunciar al bien más valioso del país. En otras palabras, estamos renunciando al futuro.ESTE CONTENIDO COMPLETO ES SOLO PARA SUSCRIPTORES
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