Revoluciones que acaban en tiranías
Esta pregunta probablemente haya sido una de las más angustiantes para la corriente de pensamiento llamada progresista. Porque más allá de los ideales abstractos, está la lacerante historia de los socialismos reales.
Y el dilema se ha vuelto a reactualizar estos días con el régimen de Hugo Chávez. El líder venezolano, un ex militar golpista, llama a construir un Socialismo del Siglo XXI, pero mantiene un férreo control del país.
Como botón de muestra, hace poco hostigó en su territorio a Mario Vargas Llosas, célebre escritor liberal, a quien se le comunicó que tenía prohibido hablar de política en Venezuela.
El control policial del pensamiento ha sido característico de regímenes dictatoriales a secas, no importa su naturaleza ideológica. Pero ¿por qué los movimientos rebeldes, como la izquierda revolucionaria, abdican en vulgares gobiernos policíacos?.
La experiencia de los socialismos reales en el siglo XX tiene un saldo trágico al respecto. La decepción mayor fue la Unión Soviética. La esperanza marxista en el “hombre nuevo” se iba a fraguar allí.
Pero todo acabó en una inhumana experiencia carcelaria. Allí se entronizó el culto al súper jefe, Josef Stalin, que montó un régimen de terror, quizá uno de los más ominosos que recuerde la humanidad.
Nadie pensó tanto este drama de la revolución como Albert Camus, Premio Nobel de Literatura en 1957. Hombre de izquierda, el escritor francés tuvo la valentía y honestidad de rever su pensamiento ante el espectáculo criminal del stalinismo.
Esto le valió la “excomunión” de sus compañeros de ruta ideológicos. Camus se sentía solidario con la idea de igualdad –principio básico del socialismo- pero le repugnaba el maquiavelismo brutal.
Trazaba un límite ante la postura extremista inhumana de que el fin justifica los medios violentos. El escritor no toleraba el exterminio sistemático de los disidentes en los países comunistas.
Le espantaba el cuadro de “un mundo donde el asesinato es legitimado y la vida humana se considera fútil”. Este terror sólo cobra legitimidad cuando se cree que el fin justifica los medios.
Y eso postulaba, dice Camus, una filosofía como el marxismo, que convierte la necesidad histórica de la revolución en un elemento absoluto. La idea mesiánica de construir el Paraíso en la tierra, a cualquier costo, conducía al peor infierno imaginado.
El eje del asunto, para el escritor, es que los campos de concentración (el nazismo también quería alumbrar otra raza humana) y los Estados policíacos del siglo XX se crearon en nombre de la revolución.
Curiosamente, en esos sistemas totalitarios se hizo un culto a la personalidad. Adolf Hitler y Josef Stalin, así, fueron la expresión de la deriva de la revolución en el endiosamiento de una persona.
Lo que comenzó siendo una rebelión terminó siendo una tiranía. ¿Cómo justifica la izquierda revolucionaria esta primitiva involución hacia el jefe, especie de súper macho tribal?
¿Cómo es posible que una ideología que postula la igualdad extrema entre las personas acabe entronizando a un tirano? Hace poco el intelectual de izquierda Régis Debray, el antiguo compañero del Che Guevara y amigo de Fidel Castro, se sinceró ante la prensa.
“Esa es la tragedia: se hace la revolución para dejar de tener un jefe y se termina con un superjefe. Eso fue también la Revolución Francesa, que quiso suprimir el Estado absolutista y terminó construyendo un superabsolutismo”, afirmó.
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