Riachuelo, ese espejo del país
La podredumbre esté en el corazón portuario de la Capital Federal. Que no se haya podido limpiar aún, tras 200 años de contaminación sin solución, y pese a las promesas de todos los gobiernos, es un indicador elocuente de nuestro carácter.
Porque el caso Riachuelo reúne los pecados capitales de los argentinos: profunda desidia e indiferencia ciudadana, corrupción empresaria y estatal, y mucho de hipocresía o doble discurso ambiental.
El Riachuelo es nuestra vergüenza nacional. Es la cuenca más contaminada de la Argentina. Allí viven en condiciones ambientales dramáticas 3,5 millones de personas. De ese total, 1,2 millones por debajo de la línea de pobreza.
Días atrás, el diario Crítica de la Argentina, dio las cifras que huelen mal en la cuenca, y que merecen ser reproducidas aquí:
3.000 fábricas instaladas en 64 kilómetros de recorrido; el 65% de ellas genera el 80% de la contaminación industrial; casi 5 millones de personas viven en la cuenca (15% de la población argentina).
13 villas de emergencia sólo en la parte baja del río; más de 100 basurales ilegales en sus márgenes; duplica la mortalidad infantil promedio de la provincia de Buenos Aires; más de 10 enfermedades evitables: cáncer, cianosis, retraso mental, alteraciones neurológicas, abortos espontáneos, hepatitis, pérdida del olfato, dengue, leptospirosis y hantavirus.
88.000 metros cúbicos de desechos industriales se vierten diariamente; 368.000 metros cúbicos de aguas servidas se arrojan a diario; la contaminación del Riachuelo equivale a la producida por 4.000 papeleras; 50 veces más mercurio, zinc, plomo y cromo que los máximos permitidos; 200 años de contaminación sin soluciones.
Al parecer el país no tiene dinero para sanear la cuenca (o lo tiene y lo usa para otras cosas o se fuga al exterior), y entonces debe recurrir a préstamos internacionales.
Desde que se gestionó el primero, durante el gobierno de Rivadavia, con la casa Baring Brothers, este mecanismo por lo general ha sido una fuente de corrupción económica y política contra los intereses del país.
Las grandes obras públicas financiadas mediante endeudamiento, como la represa de Yacyretá (solo para dar un nombre), han sido invariablemente monumentos a la corrupción.
El Riachuelo no escapa a este sino nacional. En 1998, el BID otorgó un crédito de 250 millones de dólares para sanearlo. Resulta que más de la mitad de ese dinero fue utilizado para otros fines.
Hasta 2006 sólo se habían utilizado 7,7 millones de dólares con destino a la ejecución del programa de saneamiento, según un informe de la Auditoría General de la Nación.
En tanto, durante el gobierno K, pese a las promesas, el avance de la limpieza fue nulo. Incluso la Corte Suprema de Justicia, ante la inoperancia estatal, se vio obligada a emitir un fallo conminando a las autoridades a hacer algo.
Al parecer, el espectáculo desagradable del río más contaminado del país conmovió a los jueces de la Corte.
Pero ahora otra vez llega dinero para el Riachuelo. Esta vez son 840 millones de dólares del Banco Mundial, primo hermano del FMI. El proyecto habla de apoyar la estrategia de limpieza para eliminar las descargas industriales y de aguas servidas en la zona.
“Este financiamiento es un punto de inflexión por la magnitud y por el impacto que esto va a tener en la Cuenca”, sostuvo Homero Bibiloni, secretario de Ambiente de la Nación.
Aunque los antecedentes no ayudan, quisiéramos creer en los dichos del funcionario.
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