Saldo ambivalente de la democracia
Hay, a decir verdad, un resultado ambivalente de estos veinticinco años. En principio, la recuperación de las libertades públicas, sin lugar a dudas, es un valor heredado inestimable.
Ya es mucho que se hayan terminado los golpes militares en Argentina, que desde 1930 eran una constante en la vida del país. Más allá de que hoy desde el poder se agite el fantasma del “clima destituyente”.
Pero a poco que uno mire los indicadores económicos y sociales, en estos años, emerge un balance decepcionante. Que desentona con aquel “con la democracia se come, se cura y se educa”, que solía repetir el líder radical.
El tema de la deuda externa, por caso, solía ser un caballito de batalla de las campañas de los políticos. Los militares, se decía, la habían instalado a sabiendas para explotar al pueblo.
Era una deuda ilegítima porque había sido contraída por un gobierno ilegítimo. Ese era el consenso de la clase política: revisar esa obligación para no pagar lo que se creía era un robo cometido contra el pueblo.
Lo concreto es que, desde 1983, el endeudamiento público no ha parado de crecer. Cuando Alfonsín llegó al poder –tras el interregno militar- la deuda pública era de 45.000 millones de dólares.
Hoy, a diciembre de 2008, es de 147.975 millones. Sin embargo, el pasivo del país sube a 174.959 millones de dólares si se suma la deuda en cesación de pagos desde 2002 y que no entró en el canje que el gobierno ofreció en 2005.
¿Sigue la deuda condicionando, como se creía en los ‘80, el desarrollo del país? ¿Es inmoral e impagable según el discurso de esos años? ¿Su pago le quita la comida de la boca a los pobres de este país?
El gobierno K, que representa lo más granado de la izquierda argentina, tiene el raro privilegio de haber pagado lo que nunca antes ningún gobierno. Desde 2003, abonó en pagos constantes y sonantes, a los organismos financieros internacionales, la friolera de 25.187 millones de pesos.
Pese a este extraordinario desembolso –en el fondo, una forma de “redistribuir la riqueza”– la deuda es imparable. Este año, el país debe afrontar vencimientos previstos de capital e intereses que suman 16.250 millones de dólares.
La contracara de este pasivo, y su drenaje, es el aumento de la pobreza y la indigencia en el ciclo democrático. En 1983 había 19,1% de personas por debajo de la línea de pobreza, según datos del INDEC no intervenido.
El gobierno K, tras manipular el organismo estadístico, asegura que hoy hay un 17% de pobres, pero las expertos y varias entidades académicas sostienen que la pobreza supera el 30%, e involucra a 13 millones de argentinos.
En tanto, todos los estudios marcan una involución franca de la distribución del ingreso en la Argentina en las últimas décadas. La equidad, incluso, era mayor en 1974, cuando la pobreza era del 10%.
En tanto, ¿ha mejorado el nivel de confianza en el sistema político y la participación ciudadana en la cosa pública con relación a la efervescencia cívica que se vivió tras la inauguración del ciclo democrático?
El descreimiento hacia la política alcanzó su pico de mayor tensión con ocasión de la caída de la convertibilidad. “Que se vayan todos”, fue la demanda de una sociedad en su máximo nivel de desilusión.
Sin embargo, los recientes funerales del ex presidente, donde 100 mil personas fueron a despedir los restos de Raúl Alfonsín, es un episodio que no revela indiferencia sino interés por la democracia y sus instituciones.
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