Salirle al cruce a la lógica de la intolerancia
La sociedad nativa, quizá como un reflejo de un estado emocional del país, muestra algunos signos de haber sido atrapada por el demonio de la intolerancia.En febrero, desde esta columna, decíamos que el fallo del tribunal de la Haya obligaría a la ciudad a tomar decisiones sobre el futuro del controversial corte de ruta.Y que eso requeriría de una destreza moral superior para superar las disensiones internas. Ocurre que ya entonces detectábamos la prevalencia de un espíritu divisionista, que llevaba al repliegue de posiciones."Este conflicto ha sido ganado por la unilateralidad del decir, por el monólogo autosuficiente, por el discurso cerrado, por el autismo sistemático", advertíamos.A juzgar por los últimos acontecimientos, observamos que en lugar del diálogo social sincero, hay una tendencia a imponerle a la otra parte mi voluntad, de suerte que el pleito se resuelve en un juego de fuerzas.En suma, no nos escuchamos. No queremos ver que nuestra postura es relativa, y por lo mismo sujeta a revisión. En lugar de eso, nos parapetamos en una ideología que traduce resentimientos en posiciones exaltadas.Paralelamente, este diario ha debido suspender los cometarios a las noticias digitales porque los mismos se estaban convirtiendo en una plataforma de odio y de descalificación hacia las personas.Una cosa es la crítica que estimula el pensamiento plural y democrático. Otra es usar un espacio de libertad para drenar comentarios infamantes, despellejando públicamente la honra de otros.La divergencia de opiniones nutre la democracia, la enriquece. Pero atacar desde la sombra, utilizando argumentos bajos y despreciables, con el único propósito de destruir al que piensa distinto, la envilece.El odio al que piensa distinto encuentra caldo de cultivo en el mundo de la política. Nos deja estupefactos, por ejemplo, la proliferación de panfletos anónimos contra un ex intendente de la ciudad.¿Acaso se trata de una campaña montada por algún grupo de tareas mediáticas cercano al oficialismo, en el marco de una táctica nacional de escrache a opositores?Queremos creer que no. Y queremos creer que el dinero para financiar esta campaña no sale de nuestros impuestos. Sería aberrante que el Estado, que es de todos, utilice sus recursos para ensuciar a opositores al gobierno. Ésta es una práctica muy propia de los regímenes totalitarios.Los políticos deberían empezar a respetarse entre ellos, si quieren que la sociedad los respete. Sobre esto último, detectamos también cierto clima social escrachador hacia los dirigentes políticos.No está mal que se los critique. Y de hecho ellos colaboran bastante a su propio desprestigio. Pero otra cosa es demonizar a los políticos, como si fuesen el origen del mal, y la causa de nuestra infelicidad.En primer lugar, ¿desde cuando las sociedades son mejores que sus representantes? Los argentinos perdemos de vista que los gobiernos se nos asemejan. Es un subterfugio para escamotear nuestra responsabilidad sobre lo que sucedeLos políticos suelen convertirse en chivos emisarios de una sociedad que no se hace cargo de sus actos. Alguna gente descarga sobre aquellos cierta pulsión de amargura e impotencia ante la vida.Es factible reconocer, aquí, una mezcla de queja y crítica que se ha hecho hábito, y que no es otra cosa que depresión enmascarada. Lo cual inhabilita para comprender que uno es artífice de su propia vida, y no una víctima pasiva de causas ajenas y externas.Al respecto, siempre es preferible aceptar el desafío de hacer algo constructivo, que despotricar y putear por todo.
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