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Salud mental masculina, del dicho al hecho
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Vamos a hablar de la ficción de la salud mental. Y quiero empezar por compartir una experiencia real y concreta en ese campo que tuve oportunidad de llevar adelante. Hace unos años me convocaron de una escuela de la ciudad para trabajar con un grupo de adultos varones, en quienes el equipo de ESI, a partir de algunas situaciones de conflicto en el alumnado, había detectado indicadores que encendieron alertas.
El prejuicio diría que lo esperable seria encontrar resistencia. Baja participación. Rechazo. Silencio. No fue eso lo que encontré: hubo asistencia, predisposición e incluso interés. Un grupo de ocho a diez hombres, entre 20 y 60 años, que en la primera pregunta descubrieron lo primero que los unía, para todos era su primer contacto con un espacio de salud mental.
Y con el correr del espacio fue surgiendo algo más que parecía conectarlos: Historias devastadoras. Hombres que hablaban por primera vez de escenas que habían cargado en soledad durante años. Relatos que no salían ordenados, sino como podían: fragmentados, crudos, sin elaboración. Traumas viejos, sin nombre. En cuanto se generaban condiciones mínimas de escucha, algo cedía.
Esos hombres —muchos de ellos enviados casi como castigo— empezaban a hablar desde un lugar inesperado: una vulnerabilidad más cercana a la infancia que a la imagen de adultez que sostenían.
Había poco lenguaje emocional. Baja capacidad de simbolizar lo vivido. Pero el padecimiento estaba ahí, intacto. Voces quebradas, que se contenían, para que la lagrima no desborde.
Fueron cuatro encuentros grupales. Sirvieron para abrir algo, empezar a poner en palabras, orientar. Pero también dejaron en evidencia un límite estructural. La desproporción era evidente: el trabajo que esas situaciones psíquicas requería una asistencia individual, mínimamente una vez por semana para realizar una psicoterapia por un tiempo considerable. Ese era el tratamiento psicológico básico para los cuadros que allí se presentaban. Quien conozca algo de salud mental sabrá comprender que el abordaje y tratamiento solo es posible en procesos que requieren tiempo, continuidad, y sostén. En este caso, ahí mismo donde el trabajo empezaba, terminaba.
No había a dónde derivar. No había dispositivos que sostuvieran esos procesos. No había continuidad posible.
En lo que respecta a salud mental masculina en el mejor de los casos, como esta situación, se alcanza a detectar una necesidad, y ahí mismo termina el abordaje. No hay dispositivos terapéuticos accesibles y sostenibles. Se habla mucho más de salud mental masculina que lo que se trabaja en ella. Tenemos que poder diferenciar que una cosa es nombrar el problema y otra muy distinta es construir condiciones para abordarlo.
El discurso de la salud mental masculina, en muchos casos, funciona como un conjunto de indicaciones sobre cómo habría que sentir, vincularse o vivir. Una pedagogía emocional que, sin soporte real, termina siendo más normativa que transformadora.
En lugar de dispositivos terapéuticos reales tenemos podcast, reels y relatos de los famosos hablando de sus terapias. La salud mental no se resuelve en ese plano. Requiere espacio, tiempo, presencia y sostén. Requiere espacios donde algo de eso pueda ser alojado y trabajado. Sin acceso a esos espacios, la salud mental queda reducida a una imaginería moral.
En su lugar, aparece muchas veces una versión higienizada del problema: formas “sanas” de vivir pensadas por fuera de las condiciones reales en las que la mayoría de las personas existe.
Mientras tanto, en las escuelas, en los barrios, en la vida cotidiana, lo que se encuentra es otra cosa: ausencia, soledad, desborde, dificultad para nombrar lo que pasa. Y, en el caso de muchos varones, un psiquismo que nunca tuvo lugar donde tramitarse.
Después de aquellos encuentros, lo que quedó no fue solo lo que se dijo, sino la evidencia de lo que no hay. Cuando la salud mental se vuelve un mandato —una forma correcta de ser— pero no ofrece condiciones materiales para sostener procesos, lo que produce no es cambio, sino distancia, la cual muchas veces se traduce en frustración o en actuación. Porque cuando el sufrimiento no encuentra un lugar donde ser trabajado, no desaparece, se desplaza. Y se actúa.
Pensar la salud mental —y en particular la salud mental masculina— implica salir del plano de la consigna. Implica preguntarse algo más básico y más incómodo: ¿Dónde puede alguien decir lo que le pasa? ¿Quién puede sostener ese proceso? ¿Durante cuánto tiempo?
Si esas preguntas no tienen respuesta, todo lo demás queda en el orden del discurso moralizante de la salud mental. Y en ese punto, la ficción no es que no haya salud mental. La ficción esta en creer que pueda alcanzarse sin generar las condiciones reales que sabemos son las que la posibilitan.

