Se acabó lo que se daba
El boletazo sobre el gas es apenas la punta del iceberg de un sistema económico subsidiado que cruje ante la escasez de rentas fiscales. Por tanto, no debieran sorprender otros ajustes parecidos.Algunos hoy empiezan a comprender, por tanto, por qué se anticiparon las elecciones legislativas. Es que la caja fiscal, que financiaba los precios políticos de la energía, ya no aguantaba más.No se podía llegar a octubre con el congelamiento tarifario indiscriminado, so pena de agrandar peligrosamente el agujero fiscal. Por otra parte, era políticamente inconveniente ajustar tarifas antes de las elecciones.Al margen de la brutalidad del aumento del gas natural y de su aparente inconstitucionalidad, no debe perderse de vista que es un síntoma de una economía cuyos fundamentos hacen agua.Una de las críticas más severas al modelo kirchnerista es que consumió activos. Aprovechando la renta de los últimos seis años -originada en el denostado modelo agro-exportador- cebó artificialmente el sistema de consumo.Entre 2003 y 2008, el Tesoro nacional gastó la friolera de 68.600 millones de dólares, mediante subsidios al sector privado (por 41.800 millones) y exenciones impositivas (por otros 26.800 millones), según cálculos del economista Juan José Llach.Por este mecanismo, y a través de subsidios cruzados, se abarataron los precios del transporte y de la energía. También se vienen subsidiando el consumo de productos y derivados del sector agropecuario.A esto le llama el oficialismo: modelo de "redistribución del ingreso". En principio la persistencia de la pobreza en la Argentina -algunos estudios dicen que afecta hoy al 40% de la población- revelaría que ese modelo no cumplió su objetivo social.Pero el problema sería otro: la demanda artificialmente cebada, mediante la represión de los precios de bienes y servicios, conspiró contra la inversión necesaria por el lado de la oferta.Esta asimetría, a la larga, explota. Esto se echa de ver por ejemplo con el campo. Con la prohibición de exportaciones y demás -al querer abaratar el precio interno de la carne- los ganaderos perdieron los incentivos para seguir produciendo.Desde hace tiempo el país está sacrificando los vientres de su rodeo. Pero destruir la fábrica de carne tendrá un alto costo social para más adelante. Por escasez de animales, el bien tenderá a encarecerse en el mercado interno (incluso se sospecha que habrá que importarlo).Lo mismo pasaría con la leche, el trigo y otros alimentos. Con el gas natural ocurriría algo similar: como el gobierno no puede mantener el sistema de subsidios para abaratar el combustible, entonces lo encarece.Pero el problema más grave sería la falta de inversión en el sector. Como lo explicó bien el senador peronista sanjuanino César Gioja, quien advirtió que pronto no habrá más reservas de gas."En la Argentina se consume más gas del que se produce", gatilló, al reconocer en el parlamento que no se alentó la inversión en exploración en los últimos años.En suma, mientras las arcas fiscales rebosaban, gracias al viento de cola internacional por el pago de fortunas por nuestras materias primas, el gobierno pudo generar una suerte de prosperidad ficticia en la población, otorgando millonarios subsidios a la economía.Este sistema hoy cruje ante la escasez de rentas fiscales. El tarifazo en el gas revela que la economía no es magia. Las facturas, más tarde o más temprano, hay que pagarlas.Ya lo decía el célebre economista inglés John Maynard Keynes: "En economía se puede hacer cualquier cosa, menos evitar las consecuencias".
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