Se producen doctores que luego no hallan trabajo
El país pasó de una época (en los '90) en que los científicos emigraban al exterior, a otra en la cual se fabrican a una tasa que el mercado laboral no puede absorber."Crisis en la fábrica de doctores". Así reza el artículo de la periodista Nora Bar, dedicada a temas científicos, aparecido en el 31 de diciembre en La Nación, donde se plantea la paradoja de la sobreproducción de especialistas.Al parecer ni en las universidades ni en la industria hay espacio para todos ellos. Al menos no en las cantidades en que egresan del Conicet. Lo que delata un claro desequilibrio entre la oferta y la demanda de doctores.El número de estas personas con el máximo título académico crece a una tasa más alta que su demanda laboral específica. Con lo cual la "maquinaria científica" doméstica, según advierten algunos analistas, podrían estar preparando "cerebros para la exportación".A fines de los '90, cuando los científicos emigraban en masa y el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet) estaba al borde de la inacción, se habló de déficit de investigadores.Durante el gobierno peronista de Carlos Menem, el entonces ministro de Economía, Domingo Cavallo, tuvo un exabrupto con este sector. "Que se vayan a lavar los platos", le espetó a la socióloga y demógrafo Susana Torrado.El escenario actual presenta rasgos inversos: hay mejores presupuestos y equipamientos, el número de doctores creció, al tiempo que muchos investigadores que estaban en el exterior regresaron.Pero esta expansión habría entrado en un cuello de botella. Eduardo Dvorkin, doctor en Ingeniería Mecánica, en una nota que publica ayer La Nación, describe el problema en estos términos:"La velocidad del sector productivo y de servicios para desarrollarse y poder absorber doctores en sus estructuras es mucho menor que la velocidad de formación de nuevos doctores (un doctorado lleva unos 5 años de trabajo)", explicó.En consecuencia, dice Dvorkin, "por un período de tiempo no trivial 'sobrarán' doctores si no se desarrollan iniciativa específicas dirigidas a aprovechar el potencial de nuevos doctores que se sigan formando".Si no se afronta este desafío, advierte el especialista, se corre riesgo de sufrir "la pérdida económica de haber destinado recursos a formar jóvenes que se ven forzados a emigrar o se ven tentados a dedicarse a actividades de menor nivel".Por otro lado, está "la pérdida irreparable de haber frustrado jóvenes que honesta y apasionadamente tomaron el difícil camino de la formación doctoral". Dvorkin dice que si esto sucede, no sólo se afectará a un colectivo de jóvenes, "sino que estaremos mandando una fuerte señal que perdurará en el tiempo: 'Este no es un país para desarrollarse como científico'".Hasta ahora la salida laboral de estos académicos depende sobre todo del Estado a través de las universidades nacionales. Pero la población científica allí ya está saturada.La pregunta es: ¿qué pasa con el sector privado? Según Dvorkin, "el sector privado productivo y de servicios no tiene actualmente ni vocación ni capacidad para incorporar científicos a sus organigramas".Por lo visto, más allá de que es importante destinar mayor presupuesto a la ciencia, aquí la clave pasa por la concatenación ciencia-tecnología-producción. O en otros términos, si la ciencia argentina contribuye efectivamente al desarrollo económico del país, haciendo más sofisticado su aparato productivo.Además está el tema de si los científicos que reciben un título de doctor en la Argentina tienen la calificación esperada.
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