BALANCE POLÍTICO
Se va 2021 y deja muchas lecciones para oficialismo y oposición
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El que pierde, pierde y el que gana, gana. Una verdad obvia pero no siempre presente. El oficialismo, después de las elecciones, disimuló la derrota y se vistió de victoria. La oposición, que se quedó con el trago amargo de querer ganar por más, trata de acomodarse a su nuevo rol. El campo de batalla es el Congreso. Los dos aún, lejos de dar la talla.
Jorge Barroetaveña
La batalla por el presupuesto incluyó todo. Pero la pelea por la reforma de Bienes Personales dejó al desnudo los serios problemas que tiene la coalición opositora. Los 10 bloques tendrán que ponerse de acuerdo para futuras votaciones si no quieren hacer papelones. La sesión especial del martes fue convocada por los propios legisladores de la oposición para imponer su proyecto. Se supone que si lo hacen es porque daban por descontado tener los votos para aprobarlo. Pero la ausencia de 3 legisladores fue clave y le permitió a la bancada que lidera Máximo Kirchner imponer su iniciativa y girarla al Senado. “Esto es insólito. Buscamos sesión y terminamos permitiendo que perjudiquen a nuestro propio electorado…”, espetó amargado uno de los popes. Quizás el caso más emblemático sea el de la legisladora que se ausentó para viajar a Disney. Desde Evolución Radical, el sector de Lousteau al que responde, la defendieron. “La convocatoria fue improvisada y ya tenía el viaje programado. De hecho lo había retrasado por el presupuesto”, acotaron. Puede ser pero, ¿no lo sabían eso antes de pedir la sesión? ¿No contaron los votos?
Estas fallas de coordinación son la consecuencia directa de dos cuestiones. La oposición no tiene hoy un liderazgo definido y la irrupción de nuevas voces que buscan su lugar. La carrera meteórica de Carolina Losada que hace seis meses era panelista de Baby Echecopar hasta la vicepresidencia segunda del Senado, desbancando a Lousteau lo demuestra. O la gran elección de Frigerio en Entre Ríos que también reclama más protagonismo del interior a la hora de la toma de decisiones. O la vuelta de Ricardo López Murphy, con su propio partido y una impronta diferente. O las figuras de Manes y Tetáz que también pugnan por su lugar. Todos ellos se sumaron a los dirigentes más viejos y la puja es evidente.
Con sordina en el PRO, a las patadas entre los radicales aunque en los últimos días, contestes de las repercusiones negativas de sus peleas, se llamaron a silencio. Pero el debate se da. Claro, el punto es definir para los opositores cuál debe ser su papel ante un gobierno que va a quemar las naves en los dos años que le quedan. La agenda de Alberto Fernández de hablar de su reelección puede parecer desfachatada, irreverente y hasta carente de realidad, pero tiene un objetivo que es patear la agenda para más adelante. Alberto ya no necesita del pasado reciente. O sí, aunque no todo.
Está bueno traer siempre el fantasma de Macri y la deuda, pero hay que dar vuelta la página. Es necesario mirar hacia el futuro, hablar con optimismo y ahí debe posicionarse el Presidente.
Frente a esto, la estrategia opositora debería ser clara y no quedar a expensas de las ambiciones de sus distintos actores. Larreta parece desdibujado después de las elecciones. Si bien demostró que su estrategia fue correcta, no llegó a los números esperados. Y eso le valió reproches. Bullrich que salió fortalecido por el armado en la mayoría de las provincias, trata de jugar el papel de mediadora, aunque sabe que por sí sola no puede. Macri, omnipresente, y a su alrededor muchos de los nuevos actores. Los radicales, como ya se mencionó, se han marcado altos objetivos pero corren el riesgo de mancarse antes de arrancar.
Las fortalezas de unos pueden ser las debilidades de otros. En Cambiemos todos se necesitan y el que no lo entienda terminará boicoteando las propias posibilidades de cualquier frente opositor. El dato positivo es que, pese a todo, y después del chirlazo del 2019, Cambiemos no se rompió. Con barquinazos y gritos, han seguido juntos y lo corolaron este año con una interna potente, que le sirvió a todos.
Hace muchos años, demasiados tal vez, el peronismo también solía tener internas. Alguien que acaba de fallecer, el ex tres veces gobernador Jorge Busti, alumbró a la política de esa manera. Legitimado por procesos electores internos en el peronismo, bien convocantes, que acababan por darle más legitimidad a los candidatos. Eran las bases las que elegía y no los dedos de turno.
Si Cambiemos aprendió la lección este año habrá dado un gran salto. Deberá ahora bucear los límites de la pelea, hasta dónde los puede llevar y cuánto le sirven de cara a la sociedad. El peronismo tiene un gran desafío que es retomar las viejas prácticas. Dependerá de sus actores y de la conciencia que el dedo ya no alcanza para ganar elecciones. Todo un tema, porque detrás del dedo suele estar la caja. Y hablarle a ella de convicciones es como hablarle a una pared. ¿Lo entenderán?

