¿Se van si pierden?
‘Si perdemos, dejamos el gobierno”, dijo el ultra kirchnerista Emilio Pérsico y entonces quedó planteada la duda: ¿retórica electoral de ocasión o marca profunda de una mentalidad?.o
Tampoco pasaron desapercibidas, en esta línea, las declaraciones del diputado nacional kirchnerista Jorge Alvaro: “Si le va mal al Gobierno, mi opinión es que la Presidenta tiene que renunciar, tiene que haber elecciones y que se haga cargo del país la mayoría que habrá derrotado al oficialismo el 28 de junio”.
Las desmentidas oficiales posteriores que hubo a esta teoría, no pudieron doblegar la sospecha de que los dichos reproducían el pensamiento vivo del matrimonio presidencial.
Incluso recordó la existencia de una estrategia propia del juego de poder: instalar una idea peligrosa, a través de algún vocero, para luego salir a desautorizarla.
El resultado comunicacional buscado sería decir lo que el poder no se atreve a verbalizar, porque eso resultaría escandaloso. ¿Cómo se hace ahora para no darle crédito a este supuesto acto fallido?
Sin embargo, lo de Pérsico y Alvaro está en línea con la forma en que el oficialismo concibe el futuro acto comicial: una elección de medio término para renovar parte de las Cámaras ha devenido en un plebiscito de una gestión que viene desde mayo de 2003.
Es decir, el oficialismo preanuncia una crisis institucional si el resultado electoral no lo favorece. Porque en esa hipótesis interpretará no un llamado de atención a sus políticas, sino su desalojo abrupto del poder.
El gobierno, así, nos viene a decir que él no está dispuesto a seguir si pierde la mayoría en el Congreso. O tiene todo el poder, ganando las elecciones, o se va.
Estamos así en presencia de una lógica destituyente del sistema institucional, cuya esencia radica en la alternancia de las fuerzas políticas. En el fondo, esa lógica reproduce la totalitaria concepción del “Nosotros o el caos”.
En los regímenes republicanos, sin embargo, se contempla la alternativa de gobiernos sin mayorías parlamentarias. Aunque ese escenario le suponga al Ejecutivo el ejercicio del diálogo democrático.
Aunque ese escenario introduzca la práctica del consenso con otras fuerzas políticas, la articulación paciente de acuerdos en la diversidad de opiniones, la tolerancia con las opiniones disidentes.
También la posibilidad de que el gobierno tome nota del humor social y de la crítica, y tenga la capacidad de procesarla en una síntesis superadora para mejorar la gestión de la cosa pública
“Si perdemos, dejamos el gobierno”, es una afirmación que impugna la alternancia institucional, más allá de que suene, además, como un chantaje electoral.
Convertir la elección de junio como una opción ante el abismo, delata la fragilidad del sistema político argentino, todavía colonizado por facciones que se creen iluminadas.
Revela que no hay un ánimo dispuesto a leer con sabiduría el mensaje de las urnas para cambiar, si hace falta, el estilo o la gestión ante una circunstancia política adversa.
No, el mensaje pareciera ser: si no me votan, rompo todo y me voy. Esta actitud revela el típico maniqueísmo setentista, que ve detrás del disenso el Eje del Mal.
Perder una elección, así, nunca es la aparición de otra idea en una sociedad abierta. Equivale, lisa y llanamente, al triunfo del enemigo o de las fuerzas oscuras del mal, que intrigan tras los bastidores.
Así, el revés electoral puede ser una ocasión para victimizarse. El fracaso en las urnas puede sublimarse como epopeya histórica. Porque, en esta lógica, serán los mejores quienes pierdan ante los malos.
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