Seguridad, anhelo humano primario
A lo largo de la historia la humanidad ha luchado por la supervivencia, por conservarse en la existencia. Cuidarse de los peligros de la vida, por tanto, la ha llevado a privilegiar la seguridad.Este último término proviene del latín "securitas", que a su vez deriva de "securus", que significa "libre de cualquier peligro o daño". Remite a un estado mental de tranquilidad, que es contrario al miedo o la angustia.La psicología habla de la necesidad de sentirse protegido, contra todo aquello que pueda perturbar o atentar contra la integridad física, moral, social y hasta económica.El psicoterapeuta ruso-estadounidense Abraham Maslow, al desarrollar su célebre pirámide de las necesidades humanas, situó a la seguridad (protección) entre las fisiológicas (alimento, agua, aire, abrigo, techo) y las de aceptación (amor, amistad, afecto, pertenencia).Al igual que las necesidades fisiológicas, decía Maslow, las de seguridad se relacionan con la supervivencia. En todo individuo, y por extensión en los grupos, hay una búsqueda innata por protegerse de todo peligro real o imaginario, físico o abstracto.El deseo de estabilidad, la huida del peligro, la búsqueda de un mundo ordenado y previsible son manifestaciones típicas de esta necesidad ancestral por la seguridad.Para Thomas Hobbes (1588-1679), considerado el primer gran teórico político moderno, aquí reside la "construcción" de la sociedad. Los hombres no tienden naturalmente a amarse ni a compadecerse, sino a temerse y hostigarse.Pero también se dan cuenta, porque son seres "racionales", que si no hay un poder soberano que imponga orden, se cae en la barbarie y en la guerra de todos contra todos.Así aparece "Leviatán", que es el nombre que Hobbes da al Estado, un artificio que la colectividad se pone a sí misma para poder subsistir, un mal menor creado para evitar las luchas dentro de la sociedad, para imponer orden.Ahora bien, ¿cuál es el precio que está dispuesto a pagar el hombre por sentirse protegido? ¿Es capaz de darle todo el poder a un Estado tirano, que al cabo lo esclavizará?La legitimidad social que han tenido, a lo largo de la historia, los regímenes totalitarios, la "popularidad" de los fascismos, sugiere que hay sociedades que están dispuestas a anonadarse ante un poder que les promete seguridades.Al respecto, se atribuye a Benjamín Franklin esta inquietante observación: "Quienes renuncian a la libertad esencial para obtener seguridad temporal, no merecen ni libertad, ni seguridad".El filósofo Friedrich Nietzsche, a fines del siglo XIX mostró siempre su antipatía hacia el nuevo orden burgués que se estaba incubando en Occidente, con su pretensión de eliminar el riesgo que está unido, según él, inexorablemente a la vida y a la acción.Imbuidos de la "religión del bienestar", los modernos aspiraban a crear un tipo de sociedad con seres obedientes, cómodos y bonachones. Pero el secreto para cosechar la existencia más fecunda, el más grande placer de la vida, retrucaba Nietzsche, "es vivir peligrosamente".El rechazo generalizado al riesgo, llevó a la modernidad a inventar un producto histórico específico: la seguridad social. Se trata de un instrumento que obliga al Estado a cuidar, en todos los órdenes, de sus miembros, asegurándoles una vida digna.Una protección por causa de enfermedad, maternidad, accidente de trabajo, enfermedad laboral, desempleo, invalidez, vejez y muerte; y también la protección en forma de asistencia médica y la ayuda a las familias con hijos.
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