Ser estudiante y el deseo de saber
En Argentina se ha hecho coincidir el comienzo de la primavera con el día del Estudiante y la fecha de la repatriación de los restos de Domingo F. Sarmiento.Al parecer, al unificar esos eventos, el 21 de septiembre sería un intento por celebrar a la vez la renovación y la creatividad de la naturaleza y la del espíritu humano.La palabra 'estudiante' alude, en el lenguaje corriente, a todo aquel que se dedica a aprender sobre alguna ciencia, disciplina o arte. De esta manera el hombre busca realizarse o perfeccionarse.En los primeros años de vida necesita indefectiblemente el auxilio de los otros, como los padres y los maestros. Pero a medida que va alcanzando su madurez y personalidad, el adulto echa mano de su propia capacidad para educarse a sí mismo.Es usual que el estudiante sea un niño o joven que está matriculado en un programa formal de estudio. Allí, en las aulas, entabla una relación con el educador, con quien interactúa con fines pedagógicos.La relación educativa es un vínculo que se establece entre el que enseña (maestro) y el que aprende (estudiante). Supuestamente el primero cumple el papel de guía, en el conocimiento y la formación, en tanto que se espera del estudiante una actitud de confiada aceptación de esa orientación, porque a él le anima el deseo de aprender.Sin embargo, esta comunicación interpersonal, en la cual maestro y alumno se encuentran en un diálogo afectivo e intelectivo profundo, no está clara actualmente.Pese a que sin este contacto pedagógico no sería posible la educación formal, la apatía y el desinterés del estudiantado se ha convertido en un tópico de época.La escuela secundaria, por caso, no logra interesar -desde hace tiempo- a sus alumnos adolescentes y esto al punto que se sospecha que si bien éstos están presentes físicamente, no lo están psicológicamente.¿Acaso el sistema tiene alumnos, pero no sujetos del aprendizaje, por deserción simbólica? ¿Será que no educa a nadie, ya que los estudiantes (el otro término de la relación dialógica educativa) han perdido el deseo por aprender, o directamente no quieren la educación que se les imparte?Estos interrogantes sugieren que está en crisis el concepto de 'estudiante' y el sentido de 'para qué' se estudia. Al respecto, el filósofo Tomás Abraham, al tratar estos temas, opina que no hay estudio sin curiosidad, y ésta es hija de la ignorancia.Quien se crea satisfecho con lo que sabe no siente la necesidad de conocer y aprender más y por tanto no se cree educable. Estudiante es aquel, por ende, que pregunta por el porqué y descree de las opiniones socialmente establecidas.Quizá la escuela, para enfrentar la apatía y el desinterés del alumnado, debería replantearse seriamente cómo hacer para que sus estudiantes deseen aprender.Y ello supone explicitar las razones por las cuales vale la pena educarse. Necesitamos estudiar, dice Abraham, para expandir nuestra mente y descubrir el mundo.Estudiar nos saca de la ignorancia (que nos condena a la servidumbre) para ascendernos a la libertad. Estudiar nos hace productivos, nos hace seres autónomos para ganarnos la vida.Estudiar es una ética de la voluntad, toda vez que nos templa ante los desafíos y "nos permite conocer tanto la frustración como el esfuerzo por superarla, lo que nos vuelve más generosos y tolerantes con virtudes y defectos tanto propios como ajenos".Estudiar es una experiencia vital, en suma, que permite hacernos a nosotros mismos como proyecto inconcluso.
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