Ser maestra: la profesión que dio autonomía económica y estatus a las mujeres
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Aunque el Día del Maestro conmemora a una figura masculina, las mujeres han sido y son las verdaderas protagonistas del sistema educativo. La docencia funcionó como una plataforma clave —si no la única— de ascenso social, independencia financiera e integración cultural para las mujeres. Muchas gualeguaychuenses optaron por este camino e hicieron historia.
Cada 11 de septiembre se celebra el Día del Maestro, una fecha destinada a honrar la labor de quienes dedican su vida a la enseñanza. La efeméride responde al fallecimiento de Domingo Faustino Sarmiento, quien es considerado el padre de la educación argentina.
A pesar de que la fecha tiene su justificación en una figura masculina, son las mujeres quienes tuvieron y siguen teniendo mayor representación dentro de esta área, sobre todo en el nivel inicial, primario y secundario.
La periodista, ensayista y escritora argentina Beatriz Sarlo expuso, hace ya mucho tiempo, en su texto “Cabezas rapadas y cintas argentinas”, cómo la docencia funcionó históricamente en la Argentina como una poderosa zona de promesas, permitiendo a las mujeres un respetable camino de ascenso social, autonomía económica e integración cultural. Por eso, no es raro que al leer “Mujeres de Gualeguaychú”, una obra creada en 2010, la mayoría de las gualeguaychuenses destacadas sean maestras.
La docencia fue la plataforma desde la cual se habilitó a las mujeres a pensar su potencial por fuera del ámbito del hogar, y les permitió dejar una huella imborrable en la sociedad que perdura hasta la actualidad. Esta es una breve recopilación de algunas de sus hazañas e historias.
La maestra del barrio norte
Florencia Marreins fue la primera directora y maestra de la que conocemos hoy como Escuela Nº8 Coronel Rosendo Fraga. Con sacrificio forjó esa institución que cambió para siempre la fisonomía del barrio norte de la ciudad llamado Franco.
Su principal preocupación era lograr que los estudiantes no abandonaran su educación, ya que, al provenir de familias pobres, muchos debían salir a trabajar para llevar sustento a sus hogares. A eso se sumaba la poca importancia que el núcleo familiar le daba a la escuela por tener, en parte, que privilegiar el plato de comida de todos los días.
De hecho, Florencia remitió incontables veces notas a las autoridades policiales en las que solicitaba su colaboración para hacer cumplir el artículo 33 sobre Educación Común.
Además de impartir clases, Marreins se dedicó a brindar un entorno agradable para sus estudiantes, que estaban habituados a condiciones precarias. Por eso, en 1920 solicitó árboles frutales “de preferencia duraznos, ciruelos y damascos” a la Escuela Rural Alberdi y a las autoridades de la Escuela de Villa Urquiza.
Como parte de su compromiso humano y educativo, también veló por las necesidades alimentarias de su alumnado, y dirigió una nota al intendente solicitando la donación semanal de “galleta suiza”. Este pedido se repitió en sucesivas oportunidades a lo largo de los años que estuvo al frente de la escuela.
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La pionera de la Educación Especial
Mercedes Adriana Aguilar Vidart fue la primera maestra de Educación Especial que tuvo Gualeguaychú y fundadora de la Escuela Rizzuto. Según consta en registros históricos, “desde muy temprana edad disfrutaba ayudando a pequeños con dificultades escolares”, y cuando creció incorporó esto a su vida adulta. Cursó sus estudios en la Escuela Normal, donde se recibió de maestra, y luego continuó sus estudios en La Plata. Allí recibió el título de maestra diferenciada.
Su rol fue muy disruptivo para la época, debido a que tener un hijo con discapacidad era mal visto, a tal punto que se los solía ocultar. Sin embargo, Mercedes hizo todos los esfuerzos posibles por escolarizar a estos chicos, a los que empezó a educar en su propia casa: en el patio cuando el clima era cálido, y en su comedor cuando hacía frío.
Su tenacidad y su visión la llevaron a fundar la Escuela Rizzuto. Pero no se conformó con eso, sino que en 1965 reunió a un grupo de personas influyentes de la ciudad, y al cabo de un año, concretó la apertura del actual ISPED con dos carreras, una de ellas, Educación Especial. Este instituto fue el primero en su tipo en la provincia, y funcionó como modelo, no sólo en nuestro país, sino también en América Latina.
De las escuelas rurales al INTA
Nelly Amelia Badano Piaggio fue docente en Islas del Ibicuy y otras zonas rurales, este contacto con el campo fue lo que generó su ingreso en el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA). Allí, se desempeñó como extensionista de Clubes Rurales en Entre Ríos, que tenía como objetivo mejorar las condiciones de vida de las familias en el campo. Su radio de actividad abarcó Gualeguaychú, Urdinarrain y Concepción del Uruguay.
Como mujer, tuvo una mirada especial sobre las condiciones de vida de las mujeres en el campo, por lo que bregó para que estas lograran crecimiento personal y alcanzaran un mayor bienestar. Con esos objetivos, implementó programas de salud, educación y capacitación laboral.
En el INTA, gracias a su gran labor, desarrolló una destacada trayectoria profesional hasta alcanzar el cargo de Secretaria Nacional.
Por amor a los más pequeños
A Rita Latallada se la conoce como “la fundadora de los Jardines de Infantes en Argentina”. De 1888 a 1893 ejerció el magisterio en el nivel preescolar y fue reconocida por el mismísimo Sarmiento.
A los 20 años, fundó la Escuela Superior de Niños de Paraná. También creó la Escuela Normal de Maestros de Santa Fe, de la que fue regente y directora, y la Escuela Normal Regional de Catamarca.
De 1931 a 1932 se desempeñó como vocal del Concejo Escolar Nº 16, en Capital Federal, y en 1935 fundó la Asociación Pro-Difusión del Kindergarten. Desde 1937 gestionó ante el Gobierno Nacional la creación de Jardines de Infante en el país. Así dio nacimiento al Jardín del Instituto Bernasconi, el de la Escuela Normal Sarmiento, y el de la Escuela Normal de Gualeguaychú (1939), entre otros.
Sus trabajos pedagógicos y su informe sobre los jardines, le valieron el diploma de Vicepresidente Honoraria del Congreso Pedagógico de Chicago.
Impulsora del primer jardín privado de la ciudad
Angelina Lapalma nació en Costa Uruguay y cuando su mamá enviudó, toda la familia se mudó a Gualeguaychú. En la Escuela Normal egresó como parte de una de las primeras promociones de maestras. Ya recibida, cargó sobre sus hombros a la familia, tomó un tren y se fue a vivir y a trabajar a Diamante, donde conoció al amor de su vida, un militar dispuesto a casarse con ella, propuesta que rechazó para no desamparar económicamente a su familia.
De regreso a Gualeguaychú, comenzó a trabajar en la Escuela Rocamora, donde se jubiló. Al mismo tiempo, para ayudarse económicamente, daba clases particulares.
Una vez jubilada, creó el primer Jardín de Infantes privado de la ciudad, por el cual pasaron varias generaciones de niños.
También se desempeñó como trabajadora de la Asociación de Magisterio de Entre Ríos y de la Federación del Magisterio de Entre Ríos; y ocupó un lugar como funcionaria en la Municipalidad.
En la Biblioteca Sarmiento, de la cual fue presidenta, impulsó la Biblioteca Infantil para despertar en los niños el gusto por la lectura.
La primera Profesora de Enseñanza General
Luisa Bugnone nació en el seno de una familia de intelectuales. Se formó como docente y fue la primera gualeguaychuense en recibirse como Profesora de Enseñanza General.
Ejerció como directora de la Escuela Rawson en la sección de niñas, cargo que ejerció hasta 1895. Tiempo después fue nombrada directora en la sección de varones, pero como se la reemplazó por alguien que carecía de título habilitante, consideró el hecho como injusticia y renunció.
Fundó con Camila Nievas la escuela gratuita de niñas, cuyo nombre fue José María Torres. Este establecimiento funcionaba en un local para renta de la Sociedad Italiana Unione e Benevolenza, contiguo a la sede. Allí nació, entre ambas educadoras, la idea de crear una institución para que la mujer se cultivara y tuviera vida propia; entidad que nació con el nombre de Sociedad por la Patria y el Hogar, el 19 de junio de 1898. Luisa fue la primera presidenta de la Comisión Directiva del Instituto Magnasco.
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De las aulas locales al impacto social
El proceso de formación docente en nuestro país comienza a mediados del siglo XIX, consolidándose entre sus últimas décadas y las primeras del siglo XX. Cuando comenzaron las clases, el 7 de marzo de 1910, la formación docente en Gualeguaychú tenía 29 estudiantes en primer año de magisterio. Aunque la institución había sido pensada originalmente para varones, las mujeres fueron mayoría entre los inscriptos. La primera alumna registrada fue María Francisca Frávega, mientras que en 1913 egresó la primera promoción de maestras, integrada por 15 mujeres: Magdalena Audiffred, Amalia Barbosa, América Barbosa, Amalia Bellone, Atlántida Borzone, María Frávega, María Fuentes, Alba Hermelo, Emilia Muñoz, Julia Puccio, María L. Queirolo, Carlota Rivas, Magdalena Zamacoits, Elvira Secchi y Luisa Venturino.
Su llegada a las aulas se produjo en un momento en que el acceso de las mujeres a la educación y al trabajo profesional todavía generaba fuertes debates. Si bien la docencia comenzaba a consolidarse como un espacio laboral para ellas, no ocurría lo mismo con los cargos de conducción. Incluso Leopoldo Lugones cuestionaba que las mujeres fueran directoras o inspectoras, aunque consideraba que sus cualidades afectivas y su cercanía con la infancia las hacían especialmente aptas para enseñar. De este modo, se instaló una división entre una profesión considerada apropiada para las mujeres y los espacios de autoridad que continuaban siendo mayoritariamente masculinos.
A esto se sumaban condiciones laborales restrictivas: durante las primeras décadas no existían garantías de estabilidad laboral ni salarial y las docentes estaban sometidas a normas que incluso podían limitar su derecho a casarse. Mientras cada vez más mujeres se incorporaban a la enseñanza, también crecían las discusiones sobre su posibilidad de ocupar cargos directivos, de inspección y otros espacios de decisión. Las primeras maestras formadas en Gualeguaychú fueron, así, parte de un proceso más amplio que transformó el lugar de las mujeres en la educación y abrió un camino que durante años tuvieron que seguir ampliando.

