Siglo XXI: la clave es la demografía
La decisión de China de abolir la política del hijo único, con la intención de relanzar la economía del país y frenar el envejecimiento, es un signo de que la política de población es clave en la globalización. La prensa internacional da cuenta que el coloso asiático -hoy devenido en potencia económica capitalista- ha puesto término al polémico instrumento de control instaurado por el fundador del régimen, Mao Tse-tung (1949-1976).El régimen comunista ha utilizado todo este tiempo el poder del Estado para obligar a las parejas a tener sólo un hijo. La medida, muy criticada por implicar una intromisión del poder en la vida privada, buscaba aliviar la presión poblacional sobre los recursos y reducir la pobreza.Esa política comunista se inspiró paradójicamente en la filosofía demográfica de Thomas R. Malthus (1776-1835), el economista burgués que hizo célebre el temor por el crecimiento poblacional.Malthus decía que el capitalismo triunfante (pleno desarrollo de la Revolución Industrial) encontraba un escollo: el exceso de población. Según sus cálculos, si la población seguía creciendo al ritmo en que lo hacía, en breve lapso se acabarían las fuentes de alimento disponibles.El economista veía con espanto el hecho de que una familia de obreros, en la época heroica del capitalismo, estaba compuesta por una docena de hijos. En su opinión esto era insostenible.Pero ahora China, tras años de estricta planificación familiar estatal, que trajo aparejados abortos selectivos e infanticidios a gran escala, al darles permiso a los habitantes para que puedan tener dos hijos, parece desmentir a Malthus.¿La razón? Muy simple: la preocupación por una población cada vez más envejecida es mayor que la referida a la escasez de recursos. Los chinos se han dado cuenta que su política de control de la natalidad es deprimente para la economía ante el efecto indeseado del envejecimiento.La sociedad ha evolucionado de tal modo que la expectativa de vida se ha ensanchado notablemente. A la larga, entonces, aparece otro escollo: sociedades que no renuevan sus miembros y caen en el envejecimiento poblacional por falta de nacimientos.Esto es lo que ya se está advirtiendo en China, que ahora empieza a alejarse de Malthus. En Occidente la política de población, en tanto, está en el centro de la escena.Los analistas internacionales sugieren que la demografía marca el destino de las sociedades en el siglo XXI. Sostienen que en la competencia mundial ganarán aquellas naciones que cuenten con una fuerza laboral joven capaz de generar riqueza.Algunos pronostican, por ejemplo, que Europa perderá liderazgo por falta de recambio poblacional. Al tiempo que deberá lidiar con un Estado quebrado financieramente ya que el envejecimiento de la población lastraría las arcas de la Seguridad Social.A todo esto, a organismos internacionales como la ONU y el Banco Mundial, imbuidos de la filosofía malthusiana, les sigue preocupando el vertiginoso ritmo de crecimiento de la población mundial.Desde aquí sostienen que la superpoblación es el principal problema. Existe la presunción de que la proliferación de la especie humana superará la capacidad del planeta y esto desatará una crisis de proporciones.El siglo XXI, además, se ha dado en llamar el "siglo urbano", ya que habrá inmensas aglomeraciones, megaciudades que contendrán a más gente de lo que permite la infraestructura.Bomba demográfica y urbanización creciente alimentan, así, un diagnóstico apocalíptico para la humanidad.
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