Símbolo de una época de barbarie
Jorge Rafael Videla es el ícono de la violencia redentora desatada en Argentina en los '70. Los actos aberrantes que protagonizó significan un desgarro en la historia del país, que había caído en la barbarie.La muerte del dictador, que cumplía cadena perpetua por delitos de lesa humanidad, trae a la memoria las masacres espantosas que se le imputan al régimen militar por él liderado.Secuestros, desapariciones, centros clandestinos de detención, apropiación de bebés, torturas, expolios, y asesinatos en las reclusiones, configuran un tétrico accionar que Videla, con cinismo espeluznante, justificó como "consecuencias no deseadas" de la acción de las Fuerzas Armadas.El derrocamiento del gobierno constitucional de María Estela Martínez de Perón, el 24 de marzo de 1976, que hizo que la Argentina ingresara a uno de sus períodos más oscuros y sangrientos, vino precedido por un estado de cosas que traían desasosiego."El caos económico de 1975, la crisis de autoridad, las luchas facciosas y la muerte presente cotidianamente, la acción espectacular de las organizaciones guerrilleras, (...) el terror sembrado por la Triple A, todo ello creó las condiciones para la aceptación de un golpe de Estado que prometía reestablecer el orden y asegurar el monopolio estatal de la violencia", escribe el historiador Luis Alberto Romero.¿Qué se proponían Videla y la Junta Militar que encabezó? Los salvadores de la Patria -eso se creían- venían a cortar de raíz el problema. En su concepción mesiánica de la realidad venían a extirpar el mal, a hacer cirugía mayor."El tajo fue en realidad una operación integral de represión, cuidadosamente planeada por la conducción de las tres armas, ensayada primero en Tucumán -donde el Ejército intervino oficialmente desde 1975- y luego ejecutado de modo sistemático en todo el país", refiere Romero.En declaraciones posteriores al periodista Ceferino Reato, publicadas en el libro "Disposición Final", el dictador sugiere la existencia de ese plan sistemático para matar sin dejar rastros.Confió que "eran siete u ocho mil las personas que debían morir para ganar la guerra contra la subversión" y que no podían ser fusiladas ni llevadas a la Justicia. "Estábamos de acuerdo en que era el precio a pagar para ganar la guerra y necesitábamos que no fuera evidente para que la sociedad no se diera cuenta. Para no provocar protestas dentro y fuera del país, sobre la marcha, se llegó a la decisión de que esa gente desapareciera", señaló.El militarismo nacionalista del régimen de Videla no se agotaba en la hipótesis de conflicto planteada por los grupos guerrilleros. Además de sofocar a ese enemigo, los militares argentinos fantasearon con otras guerras.Por ejemplo con Chile, a mediados de 1978, por el diferendo limítrofe relativo a las islas del canal de Beagle. Fue el tiempo en que aquí se celebró el Campeonato Mundial de Fútbol.El turbio sentimiento chauvinista, exaltado por el país futbolero, reforzó el clima prebélico. En 1978 se mandaron tropas a la frontera y se hicieron los aprestos de rigor.La intervención, verdaderamente providencial, del cardenal Antonio Samoré consiguió, a último momento, impedir el cataclismo y Videla se animó a dar la orden de repliegue. Finalmente los militares tuvieron su guerra, que terminó en rendición y vergüenza, en la incursión a las Islas Malvinas, allá por 1982.Videla ha pasado a la historia, en suma, como epítome de la ceguera y de la violencia ilimitada.
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