Sobre la queja y la indiferencia social
Muchos se quejan sobre la marcha de la historia, pero no han hecho nada para cambiar su curso cuando podían. ¿Hay derecho al pataleo cuando antes se abdicó de la voluntad de actuar?Que el país está cada vez peor, que todo está muy mal en el mundo, que los peligros que avanzan hacia nosotros van a terminar con todo, que la ruindad del ser humano aniquilará la naturaleza.La quejocrítica en torno a estos escenarios tremendizados -algunos de los cuales sólo son parcialmente ciertos- suele ser una constante nacional. Aunque los argentinos no tenemos el patrimonio del inconformismo, cabría especular que en estas pampas la queja no viene precedida por el compromiso.Cuando Ortega y Gasset exhortaba un siglo atrás: "Argentinos, a las cosas", esbozaba una reprimenda hacia un modo de ser que rehuía de la acción en esferas de la realidad donde era urgente intervenir.Un país cuyos habitantes se habían habituado a contemplar lo que podrían ser, sin hacer algo en consecuencia, refugiándose en un regodeo constante en la frustración. ¡¿Satisfacción masoquista, acaso, ante el hecho de no ser?!Quejarse puede ser lindo, putear puede implicar una descarga, un placer que incluso nos hace sentir superiores en un punto, pero no sirve para nada si no se transforma en un paso activo.¿Qué hacemos con tanta mufa? Hay razones para creer que el enojo en realidad encubre la pasividad pura, o es un subterfugio para tranquilizarnos ante el hecho de que no hemos hecho nada para cambiar esa realidad enojosa.Quien ha visto aquí un fallo de los argentinos es el actual Papa Francisco. Siendo cardenal de Buenos Aires, en mensaje a los educadores católicos, llamó a romper tanta quietud."Hemos vivido una historia tan terrible, que 'no estar metido en nada' pasó a ser sinónimo de seriedad y virtud. Quizá haya llegado (¡todavía no es definitivamente tarde!) el momento de dejar atrás esta mentalidad, para recuperar el deseo de ser protagonistas comprometidos con los valores y las causas más nobles".Eso se lee en una recopilación de mensajes que Mario Bergoglio dirigió a los educadores entre 2006 y 2012. Allí el actual Pontífice exhortó a dejar atrás "esa mentalidad de la cual quede descartado un diálogo final como éste: 'Señor, ¿cuándo fui que no te di de comer, de beber, etcétera?'"."Cuando te sumaste al no te metás mientras yo me moría de hambre, de sed y de frío, estaba tirado en la calle, descolarizado, envenenado con drogas o con rencor, despreciado, enfermo, sin recursos, abandonado de una sociedad donde cada uno se preocupaba sólo por sus cosas y su seguridad", enfatizó el entonces cardenal.Sobre este tópico del compromiso, hay un texto famoso de Antonio Gramsci, fundador del Partido Comunista italiano, contra los "indiferentes", que merece rescatarse."Los destinos de una época -dice- son manipulados según visiones estrechas, objetivos inmediatos, ambiciones y pasiones personales de pequeños grupos activos, y la masa de los hombres ignora, porque no se preocupa".Finalmente los hechos penosos ocurren, ante la pasividad de la mayoría que dejó hacer a ese pequeño grupo. Entonces quien era indiferente "se irrita, querría escaparse de las consecuencias, querría dejar claro que él no quería, que él no es responsable".Dice Gramsci: "Algunos lloriquean compasivamente, otros maldicen obscenamente, pero nadie o muy pocos se preguntan: si yo hubiera cumplido con mi deber, si hubiera tratado de hacer valer mi voluntad, mis ideas ¿habría ocurrido lo que pasó?".
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