Sobre las elecciones: ¿Vox populi, vox Dei?
Quienes resultan beneficiados con el voto mayoritario piensan que el pueblo nunca se equivoca. Los que pierden, en cambio, especulan sobre una "falla en el voto popular", como se escuchó por estos días.A sólo dos semanas del balotaje, que definirá en la Argentina quién será el presidente durante los próximos cuatro años, el dilema acerca de la validez del voto emerge con fuerza.O en otros términos: ¿Vox populi, vox Dei? ¿Acaso la voluntad popular, como se desprende de esa frase latina, equivale al designio de Dios?La historia de esta expresión se remonta al siglo VIII a.C., cuando el profeta Isaías proclamó: "Voz de alboroto en la ciudad, voz del templo. Es la voz del Señor que da a sus enemigos lo que se merecen".La actitud del filósofo romano Séneca, en tanto, era de reverencia: "Créanme, la lengua del pueblo es divina".En el 789 la mencionaba Alcuino, un docto anglosajón, en una carta a Carlomagno. Aunque allí la desacredita, afirmando: "Y no debería escucharse a los que acostumbran a decir que la voz del pueblo es la voz de Dios, pues el desenfreno del vulgo está siempre cercano a la locura".Pero en 1327 Walter Reynolds, arzobispo de Canterbury, popularizó en Inglaterra el argumento político a favor de la máxima. En las monarquías medievales el rey resumía la voluntad popular y allí estaba presente la voluntad de Dios, al que había que obedecer.A lo largo de los siglos, el péndulo ha oscilado entre el desdén y algo parecido a la reverencia por parte de los que evocaban esta fórmula. Entre los críticos se suele razonar que si fuera cierta ninguna elección sería discutible (salvo fraude) y hasta el propio Adolf Hitler (1889-1945) habría llegado al poder por la gracia del altísimo.El padre de la ciencia política científica, Nicolás Maquiavelo, se mostró partidario de la máxima latina: "No sin razón se llama a la voz del pueblo la voz de Dios, ya que una opinión universal predice los acontecimientos de un modo tan maravilloso que podría creerse en un oculto poder de profecía".El filósofo alemán Friedrich Hegel, para quien la realidad es contradictoria y un puro devenir, no tuvo problema en aceptar las dos tendencias, afirmando que la opinión pública merece tanto respeto como desdén.Por un lado dice que la "voz del pueblo" no tiene en sí misma "criterio de discernimiento" y por tanto quien no "sepa despreciar la opinión pública, tal como puede oírla aquí y allá, nunca se elevará a la grandeza".Pero por otro lado Hegel, que identifica la marcha de la historia con la del ser (o del Espíritu absoluto), sostiene que "el que es capaz de expresar lo que dice su tiempo y de realizar lo que éste desea es el gran hombre de la época".La especialista en opinión pública Elisabeth Noelle-Neumann dice que en este fenómeno -una de cuyas caras es el voto en las democracias modernas- es menos relevante la cuestión de la calidad de los argumentos, o de su racionalidad, que el hecho de que expresa una dimensión del hombre como ser social. En una elección general, según esta lógica, no estaría por tanto en juego el bien o el mal, la verdad o el error, sino el elemental asunto de la cohesión o consenso social.Que la mayoría de la gente se exprese en un sentido, no importa cuál, sólo refleja la existencia de la naturaleza social del hombre. Y aceptar este hecho, al margen de la opinión de cada quien, equivale a pagar el tributo debido a vivir en sociedad.
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