Somos cínicos hasta que nos piden pruebas
El incremento patrimonial de 17,8 millones de pesos a 46 millones que el matrimonio Kirchner declaró para 2008, más allá de su licitud legal, debe ser leído en clave antropológica.En principio suena disonante una declaración patrimonial semejante en jefes de Estado identificados con una ideología socialista. ¿Cómo se compadece esta fortuna con los llamados oficiales a "distribuir la riqueza"?Algunos dirigentes agrarios han sugerido, no sin ironía, que estas "rentas extraordinarias" merecen que se les aplique retenciones especiales, como las que sufren los productores.Es que el kirchnerismo ha abusado del discurso clasista todos estos años. Así en el conflicto con el campo se mostró a sí mismo como un gobierno "nacional y popular" pulseando con la "oligarquía terrateniente".Pero viendo los bienes inmuebles de los Kirchner surgen dudas sobre si en realidad esa oligarquía no reside en la Casa Rosada. Además, ha sido el propio matrimonio quien ha cargado en actos públicos contra los "especuladores".Curiosamente, la fortuna presidencial reside en operaciones inmobiliarias, es decir en actividades económicas fuertemente especulativas. Sin mencionar el hecho de que la mitad del patrimonio dinerario de los K, según se deduce de su declaración jurada, está nominado en "dólares".Hacen, en suma, lo que cualquier argentino para defenderse de la inflación: refugiarse en la divisa norteamericana. De lo cual se podría inferir que ni el propio matrimonio cree en la moneda argentina como reserva de valor.Ahora, ¿hay una razón antropológica para explicar estas inconsistencias (un eufemismo argentino para referirse a la vieja hipocresía)? ¿Responde acaso a alguna matriz cultural?Al hacer un análisis sobre el código genético argentino, en su ensayo "ADN", el periodista Jorge Lanata llama la atención sobre un rasgo nacional argentino. "Somos cínicos hasta que nos piden pruebas, y entonces somos epicúreos", sostiene.¿A qué se refiere? Al hecho de que los argentinos hablamos como Diógenes, ese filósofo cínico de la Grecia del IV que despreciaba la riqueza, pero en los hechos nos gusta gozar de ella, como proponía otro filósofo griego: Epicuro.Aclaración: aquí cinismo no tiene el sentido despectivo corriente referente a la insolencia y la falta de sensibilidad hacia los demás. Para Diógenes de Sínope equivalía al total desprecio de lo terreno.Este griego -uno de los personajes más curiosos y extravagantes entre los filósofos- vivía como pensaba. No tenía más pertenencias que un bastón, un tonel donde vivía, una capa y una bolsa de pan.Andaba por el mundo desdeñando los bienes materiales, las clases sociales privilegiadas y la moral burguesa. Los argentinos, dice Lanata con razón, profesamos admiración por Diógenes.Pero somos cínicos hasta que nos piden pruebas, aclara. Es decir, lo nuestro es sólo una pose, una pura simulación de desprecio a las cosas terrenales, mientras en la realidad vivimos en las antípodas.En el fondo seguimos a Epicuro de Samos, el filósofo griego para quien la felicidad consistía en obtener placer y evitar el dolor. "Comamos y bebamos que mañana moriremos", postulaba.Con esta filosofía el instinto adquisitivo queda glorificado, toda vez que los bienes de esta tierra están para ser gozados. Se diría, por tanto, que los argentinos estamos desdoblados entre Diógenes por un lado y Epicuro por otro.O para ser más concretos: profesamos fe cínica de la boca para afuera, aunque vivimos epicúreamente. Así, despotricamos contra la riqueza (sobre todo la de otros) mientras la acumulamos, como el matrimonio presidencial.
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