Sutiles estrategias de vigilancia social
Las tecnologías de la información son ambivalentes: por un lado alientan la libertad, pero por otro ofrecen un arsenal para el control social. ¿Avanzamos, acaso, a una sociedad disciplinaria perfecta?Los gobiernos engrosan los registros de información sobre los ciudadanos. Y algo parecido hacen las empresas. La intimidad ha sido jaqueada y nuestras vidas, entonces, son hoy observadas como nunca antes.El filósofo Michel Foucault (1926-1984) estudió la génesis y los cambios en el funcionamiento del poder. Sostuvo que si en la Edad Media funcionó el castigo y la amenaza, durante la modernidad se trató de "disciplinar" a los sujetos, a través dispositivos de vigilancia.Para graficar el control Foucault usó la metáfora del panóptico, un centro penitenciario cuyo diseño permite a un vigilante observar (opticón) a todos (pan) los prisioneros, sin que éstos puedan saber si están siendo observados o no.George Orwell en su libro "1984" -un clásico de la literatura de ciencia ficción- hizo por su lado una descripción aterradora de la vida futura en un estado totalitario, cuyos habitantes viven bajo la amenaza constante y omnipresente del "Gran Hermano".En los hogares de esa sociedad hay cámaras de televisión cuya función es vigilar a los moradores desde un control central. El dominio social en la propia casa, así, es la apoteosis totalitaria.¿Es posible que la sociedad informatizada se caracterice básicamente por la vigilancia de los sujetos, los cuales no se percaten de que están siendo inspeccionados?El crecimiento del uso estatal y privado de datos personales de la gente ha llevado a algunos analistas a alertar sobre el refinamiento de los dispositivos de vigilancia en desmedro del derecho de privacidad.Las bases de dato son la clave de la preocupación. La digitalización de la vida trae aparejada que los usuarios-ciudadanos dejen huellas por todos lados, y esa información va a parar a algún lado.La configuración de un perfil personal pasa a poder del Estado, bancos y empresas. Sin darse cuenta, cada persona gotea datos a cada paso y alguien viene detrás recogiéndolos para utilizarlos con distintos fines.Una simple compra de supermercado, el uso de un servicio público, el empleo de la tarjeta de crédito, navegar en la web, hablar por el celular, nuestros rostros captados por cámaras de seguridad en la calle, o el uso del cajeros automáticos, son todas ocasiones en las cuales se dejan huellas personales que pasan a engrosar algún archivo.Así surgen las preguntas: ¿Es lícito que nos observen? ¿Qué pasa con el derecho a la privacidad? ¿Qué hacen con los datos personales? El tema, en realidad, es el eje de una discusión global, que reinstala el temor del advenimiento de una sociedad bajo vigilancia sutil y a gran escala.El derecho a la privacidad es reconocido universalmente. Implica que tenemos derecho a determinar quién tiene información sobre nosotros y cómo se usa. Se parte del supuesto de que los individuos deberían poder mantener en forma anónima, si quieren, buena parte de sus vidas.Ahora bien, una cosa es el derecho y otra es la realidad. La masificación de las tecnologías de la información, que por un lado alienta la circulación de ideas y da poder de elección a las personas, por otro permite retener datos y que éstos pasen a otras manos.Y lo último podría estar abriendo un inquietante escenario de vigilancia y control social.
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