Tiempo de recuperar los valores perdidos
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Muchos de los problemas que nos afectan en la actualidad responden a la pérdida de valores esenciales. Una situación que carcome la vida nacional, según observamos a diario. Mario Alarcón Muñiz Los tiempos cambian, es cierto. Los hombres también. No obstante, las líneas rectoras de la conducta humana son invariables. Las aprendimos en el hogar, en la escuela, en la vida. Vienen de lejos. Constituyen la estructura sólida de cualquier sociedad. Una sola alteración afecta al conjunto, integrado sobre esa base a través de los siglos. Por lo tanto, cuidar la vigencia de aquellos valores garantiza una vida normal. Su deterioro la lesiona.Es lo que está sucediendo en la actualidad y desde hace varios años. Las señales del desgaste no se advirtieron de la noche a la mañana. Ha sido un proceso paulatino, de impreciso momento inicial, pero de sostenido avance. Nos envuelve. Nos golpea. A veces nos indigna. Pero no es suficiente que nos indigne.Los casos más conocidos suelen identificarse bajo el rubro "inseguridad". Son los que caen de manera directa sobre el hombre común, poniendo en evidencia que el crecimiento del delito y la violencia carece de límites, acentuado por el menosprecio de la vida ajena. Además progresa, a medida que sus actores se sienten amparados por una impunidad apoyada en dos columnas: la ineficiencia policial y la benignidad judicial.Policías y jueces, de tanto demostrar incapacidad y desinterés (no todos, claro está; los hay muy activos e inteligentes) y de tanto soportar presiones del poder político a favor de allegados o regalones, prefieren mirar para otro lado. El abandono del deber produce los resultados que conocemos.Si a la inseguridad imperante se la vincula con el narcotráfico y la drogadicción, fenómenos relativamente nuevos que crecen a diario, la situación no puede ser más complicada. Frente a ella, asombra (o asusta) la parálisis del Estado. No sólo se sospecha de la complicidad de funcionarios con el narcotráfico y la delincuencia, sino que en algunos casos se la ha comprobado, como sucedió con jefes policiales de Santa Fe, Buenos Aires y algunas otras provincias. Eso era antes...Por estos días han ganado el interés público dos procesos judiciales iniciados al vicepresidente de la Nación. Es una cuestión inédita. Nunca un mandatario de ese nivel había sido procesado en la Argentina. Y no en una causa, sino en dos, bien distintas. Esto habla en favor de la dignidad de los jueces y fiscales intervinientes, pero tiende mantos de sospecha sobre quienes protegen al acusado.El vice Boudou debió haberse alejado del cargo temporariamente, hasta tanto se pronuncie la Justicia. No sólo no lo ha hecho, sino que representa oficialmente a nuestro país en ceremonias internacionales (Colombia y México esta semana) y hasta ocupa la Presidencia de la Nación cuando se ausenta la jefa del Estado.Un caso que guarda ciertas similitudes con el actual se produjo en 1940. Los procesados fueron entonces varios legisladores nacionales -algunos con mandato cumplido- y un ex ministro de Guerra, acusados de cobrar coimas por haber sobrevaluado tierras de El Palomar para ampliar el Colegio Militar.A poco de comenzar el proceso renunciaron el presidente de la Nación, Roberto M. Ortiz y todo su gabinete, se suicidó el diputado Víctor Guillot y se refugiaron en Uruguay algunos de los acusados. El Congreso rechazó la renuncia del Presidente, pero éste no retomó el cargo aduciendo razones de salud. Una biArgentina crispadaEl país partido en dos es otra consecuencia del abandono de valores esenciales, en este caso de la nacionalidad. El país no es de un sector que cierta vez ganó las elecciones en buena ley, de esto no se duda. El país nos pertenece a todos. Es algo tan elemental, que hasta parece absurdo escribirlo.Sin embargo, es fácil observar la división entre amigos y enemigos, elegidos y réprobos, buenos y malos, los míos y los otros. No es una casualidad. Hay estímulos armados para que esto suceda. Lo sostienen teóricos del oficialismo. Plantear una cuestión en términos de ruptura o enfrentamiento con un enemigo -en la mayoría de los casos imaginado-, ayuda a clarificar y fortalecer posiciones. Esto es lo que creen los teóricos del modelo K.A los resultados los conocemos. Los tocamos. Muestran esta biArgentina crispada, enfrentada desde los altos niveles de la acción pública hasta los ámbitos familiares. Son inaceptables las disidencias. Así se carcome el presente y lo que es peor el futuro. Así operaron en sus comienzos el nazismo y el fascismo.Desde la carta de San Martín a Estanislao López ("Primero unámonos para batir a los maturrangos"), hasta el papa Francisco esta semana ("no dejar crecer las diferencias; entre hermanos hay que arreglar las cosas"), pasando por Martín Fierro ("los hermanos sean unidos / porque esa es la ley primera"), la sensatez, que es una virtud atemporal, indica desde siempre el camino del diálogo, la comprensión, las diferencias respetuosas, el entendimiento, para superar los problemas.Un caso muy reciente es el de la negociación con los fondos buitre. La Presidenta ha convocado a atropellar los molinos de viento. El resultado de esa pelea es, por lo menos, incierto. ¿No habría sido más efectivo y hasta más político, invitar en su momento -hace dos o tres años, cuando se veía venir la cuestión- a economistas de todos los sectores, principalmente a los que tienen experiencia internacional, para abordar el problema en conjunto y con tiempo, mediante una estrategia consensuada? Si es una causa nacional ya lo era antes, no ahora cuando estamos con la soga al cuello.No termina aquí el asunto. Ya abordaremos en su momento otros temas similares, demostrativos de esta pérdida de valores esenciales que enferma la vida nacional, cuya salud es menester recuperar.
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