Todos los ojos globales están puestos en China
No sólo Asia y América del Sur dependen de la economía china. Hay razones para sospechar que una caída del país de Mao Tse Tung, haría que todo el mundo sufriera una aguda depresión.Es la hipótesis que manejan varios analistas, entre ellos el argentino Jorge Castro, quien lo acaba de poner en estos términos: "Si China cae, la economía mundial se hunde como una piedra, sin que esto implique una metáfora, sino la descripción de un hecho".El pronóstico se asienta en el hecho de que hoy el país asiático aparece como el motor del capitalismo global, en un contexto donde la mitad de la economía global experimenta un prolongado estancamiento.Hay un dato que inquieta, según Castro: aunque el PBI chino volvió a crecer en el tercer trimestre del año, representa el menor nivel en 2 años. "La declinación en los últimos 12 meses es leve, pero nítida".En la nueva división del trabajo internacional, un menor crecimiento chino no es una buena noticia para los países de América Latina, como Argentina, los cuales vienen gozando de precios excepcionales en sus exportaciones gracias a la demanda china de materias primas.El temor que existe es que la crisis actual del capitalismo, que hace eje hoy en Estados Unidos y Europa, afecte al coloso asiático, haciendo que reduzca su desarrollo.En ese caso China se vería forzada a comprimir su importación de materias primas (la soja, por caso), presionando los precios internacionales hacia abajo, con efecto dominó negativo para América Latina.Sin embargo, pese a la desaceleración china de los últimos meses, Castro cree que la posibilidad de una caída de la economía asiática, a un nivel que haga hundir al sistema mundial, son poco probables."La capacidad de crecimiento potencial de China en el largo plazo sería 8,4% anual entre 2011 y 2015, y 7% desde 2016 a 2020 (Banco Mundial). Si esta previsión se cumple, el PBI se cuadriplicaría en 10 años", razona.El experimento chino no deja de ser una realidad exótica, que muestra que la geografía política y económica mundial ha cambiado vertiginosamente, dejando atrás el mapa de la Guerra Fría.Al morir Mao Tse Tung el 9 de diciembre de 1976, el Estado que había creado, tras 12 años de Revolución Cultural, quedó a la deriva. En un extenso país gobernado férreamente por una elite que concentra el poder, el deceso del líder se vivió como un verdadero drama.Fue entonces que ocurrió lo impensado: la revolución en la revolución. Den Xiaoping tomó el control del sistema (1979), y reorientó el país hacia la reforma económica, concretamente al capitalismo.El primer gesto fue un pacto social con el campesinado: desmanteló el sistema de comunas y otorgó amplia libertad de producción para el mercado. Luego abrió la economía a la iniciativa privada y a la inversión trasnacional.Desde que China se integró al sistema global comercial, en los '80, ese país se convirtió en una factoría trasnacional, produciendo un movimiento sísmico al interior del capitalismo.El dragón asiático, así, pasó a formar parte del club de las potencias económicas, y con aspiraciones a la supremacía global.Sin embargo, en China rige aún el sistema totalitario. El régimen comunista sigue imponiendo coactivamente una sola verdad a la sociedad.He ahí lo que resulta indigerible para una visión ideológica tradicional: la simbiosis obscena de libre mercado con dictadura del proletariado, ese enigmático "capitalcomunismo", cuya esencia es difícil de descifrar.Resulta llamativo que el sistema económico mundial dependa hoy, en gran medida, de un experimento de tal calibre.
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