Todos se acusan de oportunistas
En plena campaña electoral, como a la que asistimos, es habitual que los adversarios políticos se acusen de oportunistas. Es una manera, al parecer, de descalificación ética del otro.Ya sea por los costos humanos derivados de las inundaciones, los problemas que genera el cepo cambiario, los aumentos en los montos de los planes sociales, el clima de inseguridad o la insatisfacción salarial ante la inflación.Algunos de estos temas de la agenda argentina del último tiempo, que provocan encendidas polémicas públicas, suelen motivar que una facción política que se vea perjudicada lance sobre sus antagonistas la idea de que los motiva una vileza: el puro oportunismo.Enrostrarle al adversario el sambenito de oportunista es, en realidad, un clásico de la dialéctica política y sobre todo electoral. "Por lograr un voto más, son capaces de cualquier cosa", se suele escuchar de boca de los indignados.La palabra "oportunismo" tiene dos acepciones: una negativa y otra positiva. En este caso se está usando la primera, la que connota falta de integridad ética.El diccionario habla, así, de "actitud de la persona que, generalmente en sociedad, se acomoda a las circunstancias para obtener provecho, subordinando, incluso, sus principios".Recurrir al discurso moral en política, un terreno resbaladizo donde suele practicarse sin disimulo aquel axioma de que "el fin justifica los medios", no deja de ser disonante (cuando no cínico).Una hipótesis para explicar este actitud (o táctica) podría ser que siempre da rédito político hacer aparecer al contrincante, al competidor por el poder, como un "inmoral".Se presume que la opinión pública o electorado, finalmente, no querría dar su apoyo a alguien tan miserable que es capaz de explotar inescrupulosamente circunstancias o debilidades ajenas en beneficio propio.Ahora bien, las cosas podrían invertirse. ¿Acusar al otro de oportunista no revelaría, a su vez, una forma de oportunismo? ¿No sería usar la descalificación ética como instrumento de propaganda?Nicolás Maquiavelo, el célebre autor de "El Príncipe", pese a postular un divorcio absoluto entre política y moral (al menos la cristiana), aconsejaba a quien quisiera hacerse del poder que apareciera ante el "vulgo" como alguien que practica el bien.Lo dice claramente en el capítulo XVIII de su obra, donde sostiene: "No es preciso que un príncipe posee todas las virtudes, pero es indispensable que aparente tenerlas".La cosa sería así: aunque ninguno de los que compiten por el poder cree que la actividad política deba ser regulada por un orden objetivo de valores (como el bien y la verdad), sugieren no obstante que es útil que la gente perciba la disputa por el poder como una lucha entre el bien y el mal.Equivaldría presentar a la política como "la continuación de la moral por otros medios". Por otra parte, ¿qué partido o grupo de simpatizantes que siguen a un referente político llega a la indecencia de verse a sí mismo como expresión de la inmoralidad?Más bien cada sector que disputa el poder parece construir su identidad ideológica sobre la presunción de que es más "moral" que el resto de los grupos competidores.Cabe recordar que el término oportunismo también tiene una acepción positiva. Puede entenderse como la "habilidad de capitalizar al máximo las oportunidades que se presentan", ejemplo de lo cual es el hombre de negocios que descubre los beneficios económicos que le puede reportar un nicho del mercado.
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