Gualeguaychú | Luis Castillo

Todos somos torquemada

Una de las más notorias características de las sociedades, desde su arcaica formación hasta nuestros días, es la intolerancia.

La búsqueda insensata de la justificación a nuestros males estigmatizando al diferente quizás sea el origen de la discriminación y la exclusión bajo sus diferentes formas. El infierno son los otros, sentenciaba Nietzsche, o cuando la otredad se convierte en la fuente de nuestro desprecio y blanco de nuestros ataques. Nuestra historia como humanidad nos ofrece sobrados ejemplos de ello y hacer un listado sería tan extenso como inútil, desde el inquisidor Torquemada que juzga, tortura y quema “brujas” hasta nuestros días, una y otra vez el martillo de una dudosa justicia se eleva y cae sobre las cabezas de los otros, de los que pudiendo ser hermanos son vistos como enemigos, como responsables de nuestras desgracias, culpables de nuestra impotencia, gestores involuntarios pero imprescindibles de nuestra intolerancia.

Cada vez, con mayor facilidad y ceguera, nos convertimos en fiscales, jueces y verdugos ya sea mediante la violencia física, verbal o psicológica. Cuanto más comunicados, más distanciados, cuanto más cercanos, más distantes; rompemos las barreras mientras reforzamos las fronteras, los amigos virtuales se convierten en enemigos reales, unificamos las lenguas pero la Babel sigue intacta. Creciendo y creciente, alimentando la hoguera.

Vemos, perplejos, cómo los inquisidores institucionales se entrecruzan con los inquisidores personales, sin metas ni métodos, anárquicos y despiadados. Las redes sociales son verdaderos campos de batalla desde donde se ataca, se juzga, se condena; la xenofobia, el racismo, la intolerancia hacia la sexualidad, la etnia, la religión, son las manifestaciones del desprecio por quien se vive como diferente y ésta no conoce de límites éticos ni morales. Se consagra como valor supremo no a la persona con sus propias y diversas identidades, sino a la propia identidad enfrentada con la de los demás. Todos somos Torquemada.

Quizás la base que sustenta dicha intolerancia no sea otra que el prejuicio, ese juicio previo basado en una generalización defectuosa e inflexible, estereotipada, dirigida hacia un determinado grupo como un todo o a un individuo como miembro o representante de dicho grupo.

Afirma J. Jaramillo que “cualquier consideración sobre los conceptos de tolerancia e intolerancia debe darse confrontándolos con el concepto de verdad, pues dichos conceptos surgen cuando alguien, sea una persona, una institución, un partido o un Estado creen que no hay sino una verdad, ya sea en el campo religioso, político, filosófico o en cualquiera de los aspectos de la cultura o del pensamiento, y que ellos son sus depositarios y guardianes”. Esto, sin dudas, es más notorio −o al menos más visible− en los campos de la política y la religión.

Por otra parte, en una pretensión de combatir la verdad única, surgió la exaltación de “la voluntad humana” lo que, al decir de Isaiha Berlín, ha sido, “junto al cristianismo y a la concepción política de Maquiavelo, el fenómeno intelectual de mayores repercusiones culturales y políticas en la historia de Occidente”. Para este último, esta visión casi romántica, culminaría con la pluralidad de culturas, la convivencia de éstas y la tolerancia universal. Sin embargo, lo que vimos que sucedió no fue sino una exacerbación del nacionalismo, de la exaltación de líderes como Stalin o Hitler, de la ciega vehemencia de la supremacía.

Escribe José Ferrater Mora: "la intolerancia resulta ser cualquier actitud irrespetuosa hacia las opiniones o características diferentes de las propias. En el plano de las ideas, por ejemplo, se caracteriza por la perseverancia en la propia opinión, a pesar de las razones que se puedan esgrimir contra ella. Supone, por tanto, cierta dureza y rigidez en el mantenimiento de las propias ideas o características, que se tienen como absolutas e inquebrantables".

La intolerancia, en cualquiera de sus formas, nos lleva irremediablemente a la violencia, o, como afirmaba acertadamente Simón Bolívar: “al desorden social y a la ingobernabilidad”. No solo es posible sino saludable criticar las ideas, las creencias, las ideologías políticas o hasta algo tan banal como puede serlo un enfrentamiento deportivo, pero en ninguno de estos casos puede estar ausente el respeto, sí la polémica −naturalmente−, ya que tolerancia no significa aceptación, sino simplemente consideración, no con las creencias o posturas, sino con las personas que las sostienen.

Lo que no debemos olvidar es que todas estas conductas no son heredadas genéticamente sino que son producto de comportamientos aprendidos socialmente; somos lo que aprendimos, lo que nos enseñaron o lo que obviaron enseñarnos. Por lo tanto, la educación sigue jugando un papel fundamental en la transmisión de valores fundamentales como la tolerancia; una educación que no se limita ni mucho menos al ámbito de la escuela, sino que nos compete a todos y cada uno como integrantes de una sociedad.

No permitamos que −a los gritos o silenciosamente− “Todos somos Torquemada” sea el ignominioso slogan de nuestro próximo sincericidio social,

*Escritor, médico y Concejal por Gualeguaychú Entre Todos

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