Tomar con cautela los relatos del pasado
La conmemoración de fechas patrias, como la Revolución de Mayo, es una ocasión para reflexionar sobre si la historia que nos han contado se ajusta efectivamente a la realidad. La frase de Nietzsche según la cual "no hay hechos, sino interpretaciones" sugiere, en lo que respecta al conocimiento del pasado, que las historiografías son versiones discursivas.Si solo hay relatos del pasado, y no hechos, ¿dónde está entonces la verdad histórica? ¿Será, como creía Nietzsche, apenas una versión dominante, en el sentido que es la interpretación que ha logrado imponer el poder de turno?La cuestión quizá se aclare si se postula que el pasado existió, que los hechos tienen consistencia ontológica, pero otra cosa es la percepción de los historiadores, quienes por cierto no son infalibles.El hecho de que existan distintas interpretaciones de un hecho, no elimina a éste, sino que revela el carácter problemático del conocimiento humano. Para el historiador Raymond Aron se trata de admitir nuestras limitaciones cognoscitivas.En su opinión la pluralidad de los sentidos que atribuimos a un acto revela "los límites de nuestro saber y la complejidad de lo real". El historiador pretende alcanzar la verdad histórica, pero sabe que está explorando un mundo por esencia equívoco, que nunca se revela totalmente."El conocimiento no es inacabado porque nos falla la omnisciencia, sino porque la riqueza de significaciones está inscrita en el objeto", dice Aron, al postular que el saber del pasado no se puede clausurar, y siempre hay algo por descubrir.El carácter problemático de este saber encierra varios peligros, el mayor de los cuales es el uso político e ideológico del pasado, en desmedro de una actitud investigativa que sólo se deja regular por el valor de la verdad.Reescribir la historia de acuerdo a los intereses de un grupo político, por ejemplo, nos coloca en este caso ante la perspectiva nietzscheana de que se trata de conquistar el poder para desde allí imponer el relato del pasado que mejor conviene a ese grupo.La "verdad histórica" no es por tanto la que da cuenta de los hechos del pasado, sino que es la interpretación "hegemónica", la que finalmente se logra imponer en la sociedad, utilizando para tal fin el aparato del Estado y los órganos de propaganda.George Orwell, en su novela de ficción distópica "1984", enseña que es práctica de los totalitarismos controlar la memoria de la sociedad, reescribiendo la historia como un medio para adquirir o reforzar la posición del grupo político dominante.Allí se cuenta cómo una elite fascista, dedicada al control físico e intelectual de los individuos, instaura la "neolengua", en la que se reduce y se transforma el léxico con fines represivos, basándose en el principio de que lo que no está en la lengua, no puede ser pensado.Pero el lavado de cerebros se completa con el Ministerio de la Verdad, que se dedica a manipular o destruir los documentos históricos de todo tipo (incluyendo fotografías, libros y periódicos), para lograr que las evidencias del pasado coincidan con la versión oficial de la historia, mantenida por el Estado.Cabría postular, por tanto, que la práctica de amoldar el pasado a las conveniencias dialéctica de la política, como la tendencia a querer imponer una sola versión de la historia, justifica ejercer el escepticismo ante los relatos historiográficos, sin importar su procedencia; a ser, de última, menos crédulos y más críticos.
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