Tras el acuerdo se impone la autocrítica
Lo que vivió Gualeguaychú estos días –una especie de asonada- no tiene precedentes, según reconocen los memoriosos. No se ha visto nada parecido en el ámbito municipal. Nunca se vio tanta furia y tanto exceso verbal en un reclamo.
Si bien en una ocasión se llegó al colmo de agredir físicamente al intendente y a un secretario –acompañado de destrozos en las instalaciones del palacio comunal-, esta vez la cosa fue masiva.
La comunidad vivió azorada la dinámica de un conflicto que en principio la perjudicaba a ella. Porque el Estado municipal quedó virtualmente paralizado, y sus servicios a punto de colapsar.
Pero sobre todo fue alarmante el clima de crispación que envolvió este diferendo, que aunque era por plata venía también mezclado con condimentos de otra índole, como pujas gremiales y políticas.
¿Cómo es que se llegó a esto? La respuesta a esta pregunta es crucial, porque de ella depende que no se repita lo vivido. Una cosa hay que decir: Gualeguaychú ha retrocedido institucionalmente.
De un tiempo a esta parte, aquí los conflictos se dirimen mediante la fuerza, o tratando de imponer al otro la voluntad propia. La dirigencia social y política de la ciudad debe tomar nota de esta degradación.
Por otro lado, es inocultable la puja de poder de grupos políticos por el control de la ciudad, pese a que hay un gobierno que ha asumido hace apenas 16 meses.
Después de la crisis del campo –y este es un dato de la realidad-, el oficialismo ha sufrido un prematuro desgaste, y a fines de junio enfrenta una elección crucial, que marcará su destino.
Objetivamente, la administración Bahillo está atravesada por esta tensión política. Pero eso no debe ser una excusa: el intendente y su equipo de gobierno deben evaluar, con sinceridad, qué cosas han hecho mal, para que el conflicto laboral se desmadre.
Porque aquí algo falló. De última, no todo es achacable a la conducta del Sindicato. La política es el arte de gestionar el conflicto. Quien gobierna tiene la obligación de preverlo y llegado el caso de resolverlo a tiempo.
El resto de la dirigencia política opositora debiera también rever su conducta. Se percibe un regodeo malsano –casi maquiavélico- ante las dificultades que atraviesa el oficialismo.
De hecho, aquí si pueden le agregan más leña al fuego, con la intención bastarda de sacar alguna ventaja política. Este juego desnuda la hipocresía de alguna gente que se llena la boca con el bien común.
El otro protagonista, el mundo gremial, debe hacer una severa auto-evaluación. Como hemos dicho desde esta columna: el reclamo más justo queda desvirtuado cuando los métodos que se emplean para defenderlo se extralimitan o lesionan derechos comunitarios.
Hay que corregir los usos y costumbres de un sindicalismo que suele apelar al apriete y la violencia para conseguir su propósito. Cierta cultura patotera, de fuerte arraigo, se quiere llevar puesto lo que tiene delante.
Incluso es proclive al escrache, que es un método miserable inventado por al fascismo y que desgraciadamente –otro síntoma de descomposición institucional- ha sido adoptado por algunos grupos en Gualeguaychú.
El gobierno y el Sindicato tienen por delante una ardua tarea. Con espíritu de generosidad y sin revanchismo, deberán reconstruir su relación. Pero antes, cada uno debe hacerse una autocrítica.
Deben auto-examinarse por el bien de la ciudad.
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