Tras el derrame en el Golfo, ¿cambiará algo?
Estados Unidos sufre el peor desastre ecológico de su historia. El derrame de la British Petroleum (BP), que ya sacude al poder de la potencia mundial, podría marcar un antes y un después en la historia ambiental. Se diría que después de la marea negra que cubre parte del Golfo de México, a causa de la explosión de una plataforma petrolera el 20 de abril pasado, la cuestión ecológica no puede ser mirada de soslayo.El comportamiento de las grandes corporaciones con el entorno natural no es un tópico tercermundista. En el corazón mismo del mundo desarrollado se verifica una implosión de proporciones.El Financial Times, el diario económico británico más influyente del mundo, con la firma de Anna Fifield, dice en un párrafo de una de sus notas más salientes: "BP, se ha convertido en enemigo público número uno en Estados Unidos".De un tiempo a esta parte los norteamericanos, siempre orgullosos de su economía capitalista, no paran de decepcionarse. La crisis de las hipotecas, primero, les mostró el pie de barro de un sistema cebado con la ficción monetaria.Ahora el principal productor de petróleo y gas del país, la multinacional británica BP, causa el mayor desastre ecológico de que tengan memoria, y genera un conflicto de dimensiones impensadas.Resulta una ironía de la historia que dos de los símbolos del poderío estadounidense, las finanzas y la industria petrolera, estén deprimiendo la autoestima nacional."Olvídense de Toyota y sus aceleradores defectuosos, olvídense de Irán y el temor a que esté tratando de construir una bomba atómica, BP se ha convertido en el enemigo público número uno en Estados Unidos", escribe Fifield, al graficar con palabras el estado de ánimo prevaleciente.El artículo periodístico describe los pormenores de una empresa, la BP, que de repente cayó en desgracia. Para una compañía que "se ha jactado de ser una de las marcas más respetadas del país, esta es una declinación catastrófica", se lee.Las evaluaciones preliminares hablan de que la firma británica, cuyas acciones bursátiles cayeron en picada, debe enfrentar una cuenta que podría llegar a los 40.000 millones de dólares.El daño mayor es en la opinión pública norteamericana, que no tolera ya las imágenes televisivas de la fuga submarina y el espectáculo apocalíptico sobre el medio ambiente.La gente, muy enojada, está pidiendo la cabeza de los directivos de BP o la expropiación de la empresa y los políticos en Washington son corridos por el malhumor popular.Mientras el presidente Barack Obama actúa al compás del sentimiento popular, el Congreso se apresta a convertirse en un escenario donde -como antes lo hizo con los responsable de la debacle financiera- se ventile con crudeza le negligencia ecológica no sólo de la BP sino de toda la industria petrolera.Para muchos analistas, en el ámbito legislativo seguramente se demostrará la responsabilidad penal de la multinacional, a la que le caería una multa millonaria.Pero más allá de las penalidades económicas a la BP, la clave de este caso es que reinstala el reprimido debate sobre la viabilidad ambiental del modus operandi de las grandes corporaciones mundiales.El derrame de petróleo en el Golfo podría convertirse, así, en un suceso que abra las puertas para que a nivel global empiece a emerge un nueva justicia ambiental, con capacidad para prever estos desastres.La impugnación de Gualeguaychú a Botnia, justamente, va en el sentido de actuar con la ley antes de que el daño ambiental se produzca. ¿Algo podrá cambiar a partir de la calamidad ecológica en el Golfo de México?
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