Tras la temporada turística vale el ejercicio de la crítica
La ciudad debe estar dispuesta a examinar una temporada turística que, como todas las cosas humanas, comporta luces y sombras. Porque debajo de las divisas acumuladas, seguramente coexisten visiones alternativas.Existe una corriente de opinión, acaso dominante, que juzga las cosas bajo el signo monetario. Es un criterio que ve la realidad bajo el prisma de la recaudación.De esta manera, el éxito o no del desempeño turístico de Gualeguaychú se puede deducir del balance monetario que arroja el gasto del turista en los últimos dos meses.Tratándose de una actividad que genera plusvalía, es lógico que el resultado económico se convierta en un criterio de "peso". Sin embargo, debajo de los números laten otras realidades que hacen a la convivencia social y al funcionamiento de la ciudad.Si Gualeguaychú tiene el control sobre el flujo turístico, o es una ciudad que por momentos es desbordada por él, es algo que sobrevoló el verano, y que por tanto merece ponerse en consideración.Este sólo hecho -que trae aparejada la sensación de que las cosas pueden salirse de su quicio- es un dato que incluso afecta a la industria turística en sí misma, en su afán de mantener el negocio floreciente.Sobre el particular, es válida la objeción que plantea en esta edición el ex director de Turismo municipal, Alberto Flejas, cuando habla de la necesidad de "ordenar" el turismo veraniego.Cree que la ciudad, imitando la experiencia de otros lugares, debiera reservar un espacio para la 'joda', que es lo que busca el público atraído por el Carnaval.Y esto para evitar que emigre otro turismo, que suele quedarse más tiempo y que desea disfrutar de otros aspectos de la ciudad. En el fondo, se intenta instalar la cuestión de si Gualeguaychú seguirá profundizando su carnaval-dependencia, o explorará otras posibilidades.Hay otros aspectos técnicos del modelo en curso que hacen también a su funcionamiento integral, y que los brillantes números de la recaudación de temporada pueden eclipsar.Se trata de saber, por ejemplo, si los servicios que se prestan al turista -los específicamente turísticos y los que son de incumbencia estatal- están a la altura de las circunstancias.La queja de que la ciudad es "cara", que este verano recrudeció, ¿es sólo una percepción arbitraria que no se corresponde con la realidad, o está desnudando un problema estructural más profundo?La recaudación de la temporada, por otro lado, no debiera reprimir la posibilidad de considerar los efectos colaterales no deseados de un modelo centrado en la diversión, y en muchos casos en el exceso.A menos que suscribamos el apotegma de que las divisas son la medida de todas las cosas, creemos que los planteos que tengan en mira el bien común social son válidos y merecen ponerse en la mesa de debate.Parece claro, por ejemplo, que el consumo masivo e irrestricto de alcohol, en cantidades asombrosas, generó réditos importantes a los vendedores. Pero conviene no perder de vista que esto no tiene un efecto social neutro.En este sentido, debiera ser sopesado a la luz de los esfuerzo de aquella parte de la sociedad civil local preocupada por el fenómeno de las adicciones, y de aquellos consumos que hacen estragos entre los más jóvenes.Gualeguaychú ha apostado al turismo y ha inventado una fiesta, el Carnaval del País, que tiene una convocatoria extraordinaria. Estamos frente a una industria que, a caballo de los beneficios materiales que reporta, goza de una legitimidad social incuestionable.Pero este modelo local es perfectible, y por tanto no está exento de que se lo critique. Revisar lo hecho hasta acá, pensando en el porvenir, teniendo como eje el interés colectivo, es un ejercicio saludable y que hay que alentar.Sin crítica y, sobre todo, sin autocrítica, no hay posibilidad de cambio y crecimiento. La crítica despliega una posibilidad de libertad y así es una invitación a la acción.
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