Tucumán, el presagio de un 25 de octubre que podría ser peor
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Las PASO del 9 de agosto fueron el preanuncio de lo que vendría. La desidia de buena parte de la clase política y la conveniencia, en algunos casos de oficialistas y opositores por igual, anticiparon Tucumán. Nadie puede decir que fueron comicios regulares, como tampoco nadie puede decir que el Frente para la Victoria no ganó. Jorge Barroetaveña Es el fantasma más temido de cualquier democracia moderna o no tanto, porque la nuestra lleva pocas décadas y parece, en rigor, en muchos temas vinculados a la calidad institucional, haber retrocedido.La decisión de imponer las PASO (Primarias Abiertas, Simultáneas y Obligatorias) respondió hace unos años a la fragmentación de nuestro sistema de partidos. Incapaces los partidos tradicionales de arreglar sus propias cuitas en forma interna, resolvieron trasladárselas al resto de la sociedad. La vieja Ley de Lemas, que hizo desquicios en provincias como Tucumán o Santa Fe revivió, de la mano de una metodología positiva en la teoría pero que se reveló confusa y riesgosa en la práctica. Y bastan dos ejemplos, uno que terminó en escándalo y el otro que pudo haber recorrido ese camino pero la historia lo impidió.¿Es saludable que, en una elección, su resultado provisorio no se conozca oficialmente ni siquiera 24 horas después? Hubo casos insólitos en Entre Ríos. Mesas que terminaron su tarea recién a las dos de la mañana de lunes o infinidad de planillas en las que muchos candidatos figuraban con cero voto. De hecho, algunas de las disputas internas derivaron de esta confusión generalizada en la confección de las planillas de escrutinio. La incertidumbre es el peor consejero para un proceso electoral, porque es la hermana mayor de la desconfianza que precede a la sospecha. Sólo la cultura democrática de los entrerrianos evitó que, en algunos lugares, las PASO terminaran en escándalo.En Tucumán la historia terminó mal y anda peor. Una sociedad dividida (el reflejo de la herencia de los años del kirchnerismo en el poder) que no tolera perder ni ganar. Un poder político acusado de manipular el estado a su antojo y una justicia veleta, que sopla el viento que más le conviene. Un cóctel explosivo que derivó en una anulación de comicios que no registra antecedentes en la historia democrática argentina. Lo que mal empieza peor termina y eso que aún ignoramos cuál será el final de esta historia.La preservación de la legitimidad que deriva de un proceso electoral era el último refugio que nos quedaba. El kirchnerismo no ha sido en todos estos años un cultor de las formas. Ha avanzado sobre todo lo que ha podido, obteniendo resultados es cierto, pero dejando girones de calidad institucional. Todo ha quedado bajo sospecha. Desde la política hasta los jueces, pasando por los medios de comunicación y la sociedad misma que parece dividida de manera irreconciliable. Las dos plazas tucumanas lo atestiguan. Ya no se trata de mayorías y minorías. Porque la democracia eso, el gobierno de las mayorías que está obligado a incluir a las minorías, sea cual sea su origen. La democracia es inclusiva y no exclusiva y es el único sistema que contempla la integración de todos los sectores sociales, cualquiera sea su origen.De la lección tucumana deberíamos aprender para no volver a cometer el mismo error. Porque nada de lo que se resuelva dejará conformes a todos y, peor aún, siempre quedará un manto de sospecha sobre las intenciones.El viernes el apoderado del PJ tucumano pidió un Per Saltum para llegar directamente a la Corte Provincial. Desde Buenos Aires, en cadena, la Presidenta le dio duro y parejo a los jueces y otro de los operadores habituales del kirchnerismo, Carlos Kunkel avisó que no les temblará la mano para intervenir la justicia tucumana. En las horas previas claro se encargaron de agigantar el fantasma de la intervención federal, hasta con nombres propios como los de Domínguez o Randazzo que rápidamente salieron a desmentirlo.Escraches, movilizaciones y un paranorama incierto forman parte de la tragicomedia en la que terminó la elección. Claro, no habría que pasar por alto la quema de urnas, el clientelismo desembozado el mismo día de los comicios o la infinita cantidad de irregularidades que se registraron, antes, durante y después en el proceso de recuento de votos. Muchachos, así es difícil suponer que la gente creerá a pie y juntillas un resultado electoral y mucho menos le otorgará legitimidad al eventual ganador.El camino a desandar será largo porque el daño ya está hecho. El primer fantasma que cruzó por la mente de los principales candidatos presidenciales es qué podría pasar el 25 de octubre si la elección se define por un puñado de votos. Puede suceder en la Provincia de Buenos Aires donde Fernández y Vidal van cabeza a cabeza o hasta en la presidencial, si Scioli zafa de la segunda vuelta y obtiene más de 10 puntos de ventaja sobre el segundo. ¿Qué pasará si la cuestión se dirime por apenas uno o dos puntos, en más o en menos, en medio de un sistema de votación cuestionado y sospechado?Ha sido tal la incapacidad de la actual dirigencia que ni siquiera este tema delicado pudo quedar al margen de las disputas y las chicanas. En el medio hay una justicia que debe estar rozando el piso de credibilidad y tampoco quiere comprometerse ni asumir costos. En Tucumán los camaristas que fallaron por la nulidad de los comicios están sufriendo escraches, acosos y amenazas de todo tipo y nadie hasta ahora del Poder Judicial ha salido a respaldarlos.A poco más de un mes de las elecciones generales del 25 de octubre todo es incertidumbre, salvo por la feroz pelea entre oficialismo y oposición que hace vislumbrar un país más fragmentado aún que el actual después del 10 de diciembre. Mucho grito, mucha pelea pero poco consenso. Es paradójico. Tenemos un Papa que recibe a todo el mundo y hasta se atreve a compartir que se ha sentido usado por los avivados de siempre. Dejó el guante a la vista de todos pero nadie lo recoge. La mayoría prefiere seguir en sus peleas pequeñas, egoístas, que sólo buscan conservar la cuota de poder que detentan. Destino chico para un país grande.
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