Ciudad | Gualeguaychú | Luis Castillo

Un cacho de cultura en tiempos de virus

El otoño apareció amarillento y ventoso, solapado y extraño. Las calles se cubren casi con displicencia de hojas ocres y marchitas. Cae el sol, las luces se encienden en las calles y en las casas y, desde algún balcón, se oye ronronear un saxo.

Extraño otoño este que, sin que nadie lo advirtiera, comenzó a llenarse de música, de canto, de colores, pareciera como si el tiempo se hubiera empeñado en volver atrás, ya que hasta puede verse −o adivinarse al menos−, una poesía desgajándose desde algún balcón que huele a verde.

¿Qué pasó que ante tan curioso escenario nadie se pregunta qué pasó? Ocurrió que la pandemia ha puesto en evidencia, con la sutileza brutal de los cataclismos, la indispensabilidad del arte y la cultura para las comunidades.

En algún momento del día, en alguna parte del planeta, ese mundo con millones de soledades en la búsqueda de protección a través del aislamiento, el arte y la cultura nos han unido, han generado vínculos y acortado la distancia física que nos separa.

El arte que salva, que cura, que transforma, que conmueve, ha demostrado −una vez más− que todo eso que intenta definirlo no es un eslogan sino, por el contrario, una de las pocas certezas con la que contamos hoy, en este gigantesco océano de ansiedad e incertidumbre.

En tiempos de crisis, como ha quedado en evidencia, las personas necesitan del arte y la cultura más que nunca. Necesitan sus artistas. Sus creadores. Sus hacedores culturales. Los que cantan nanas y los que conforman una orquesta sinfónica virtual desde sus casas, los que generan videos desde donde nos alientan, nos acompañan, nos dan fuerza para seguir adelante en medio de la soledad y el recuento morboso de muertos de cada noche, en cada canal, a la hora de la cena.

La pandemia ha puesto en evidencia, como solo pueden hacerlo las calamidades, que la cultura y el arte son imprescindibles. Que el dinero que se invierte −o que habría que invertir, mejor dicho− debe ser una verdadera inversión con la mirada puesta en el presente y el futuro y no un solo un ritual de mezquinos subsidios para promover cantos de sirenas ante la limosna oficial.

Hoy más nunca, del mismo modo en que debemos pensar seriamente en el futuro próximo y un poco más remoto acerca de cómo será este nuevo mundo con el que nos vamos a encontrar después de esta crisis global desde lo económico, lo político y social, no debemos, de ningún modo, olvidar la cultura. Las políticas culturales deben ser puestas de una vez por todas sobre la mesa de discusión. Y discutirse en serio. Discutir el valor estratégico de la cultura en cuanto difusor de estándares simbólicos y comunicativos, discutir la realidad social en términos de cultura, es decir, asegurar que los componentes y recursos culturales estén presentes en todos los espacios de la planificación y procesos de desarrollo de las políticas públicas. Discutir. El fomento de la creatividad y la consolidación de la participación ciudadana son los pilares básicos sobre los que deben basarse las políticas culturales. Y esto no puede ni debe quedar afuera de la discusión. Entender, en definitiva, que la política cultural es un componente central en una política de desarrollo.

Hoy, muchos de ellos −los hacedores culturales, los artistas− están ahí, en los balcones, en los patios, en los sillones de un living, en el silencioso abrazo protector de unos estudios de grabación hoy callados y oscuros. Excepto en ese mágico momento en que encienden las luces y las consolas y cantan para nadie y para todos: vibran los parches, gimen las cuerdas, sollozan las gargantas, y llevan su arte virtual sin la certeza de conocer a donde llega; pero eso no importa, son artistas, hacen arte solo porque no pueden no hacerlo. Está en su sangre y en su esencia, por eso son artistas. Y tallan y pintan y escriben y pixelan sin pensar que cuando esto pase, porque va a pasar, muchos volverán a la rutina de pensar que no existe el trabajo de artista.

Pero los artistas existen, la cultura existe. Está más viva que nunca y menos silenciosa o silenciada, esperando que se pongan más recursos humanos y financieros a disposición de su desarrollo. Esperando la reestructuración necesaria de las políticas y las prácticas que persigan el fin de conservar y acrecentar las industrias culturales. Esperando.

Cada noche, mientras dure la pandemia, habrá quienes utilicen su talento creativo para difundir información importante, quienes se unirán para cantar, tocar música, bailar, o hasta proyectar películas desde las ventanas de sus balcones; muchos museos, teatros, salas de conciertos y otras instituciones culturales, abrirán sus puertas virtuales entregando gratuitamente sus tesoros en forma de espectáculos a través de sus páginas web.

Sin embargo, al mismo tiempo, sabemos que el acceso a la cultura −también a la educación, de la que forma parte− a través de medios digitales está fuera del alcance de millones de personas en el mundo. De millones en el país. De miles en mi ciudad. Hoy, el derecho a la conectividad universal es también, sin lugar a duda, un derecho humano.

El arte y la cultura, se me ocurre, son como los botes salvavidas de los grandes barcos, nadie los valora hasta que llega el naufragio. Y hoy, para bien o para mal, el naufragio ha llegado.

*Escritor y concejal de Gualeguaychú

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