Un cambalache arruinó la oportunidad histórica de debatir qué justicia queremos
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Las victorias en política pueden ser circunstanciales, efímeras, profundas o superficiales pero nunca son permanentes. Y siempre debe ponerse en la balanza los costos que se pagan. A veces son tan altos que acaban por hipotecar lo conseguido y ponen en riesgo el futuro. El gobierno, ¿habrá hecho esta evaluación?Jorge BarroetaveñaEs que la pretendida democratización de la justicia corre serios riesgos de quedar entrampada en una maraña de recursos jurídicos que la volverán de aplicación imposible. Lejos quedaron aquellas recomendaciones del Papa Francisco de tratar de buscar diálogo y consenso, más ante un cambio tan radical como el que pretendía el oficialismo. En estos temas, no es desdoroso bucear en la historia para saber qué camino transitar o al menos tener un indicio que permita achicar el margen de error.Cuando Menem y Alfonsín celebraron el Pacto de Olivos en 1994, la época condenó al ex presidente radical por haber cedido ante el avance del menemismo. Pero los años le terminaron dando la razón, dejando ver su visión de estadista y hasta dónde impidió una crisis institucional en la Argentina. En ese momento el menemismo estaba dispuesto a todo para conseguir la reelección indefinida. A cambio Alfonsín pudo arrancarle el núcleo de coincidencias básicas, la incorporación de los pactos internacionales y el senador por la minoría para las provincias, entre otras concesiones. Ese acuerdo, espúreo y oscuro para muchos en ese momento, permitió transitar por una reforma ordenada que no tuvo sorpresas ni puso en riesgo al sistema. Y es paradójico porque la propia Presidenta de la Nación fue convencional constituyente, siguiendo de cerca el cumplimiento de cada uno de los puntos acordados.Este intento de reforma del Poder Judicial dejó tantos heridos en un bando y en otro, que las leyes aprobadas por el Congreso y las que aún faltan concretar, serán de imposible cumplimiento por la catarata de reclamos judiciales que sobrevendrán. ¿Qué sentido tenía llevar la situación a tal grado de tensión si se sabe de antemano que la posibilidad de implementar los cambios es reducida por no decir inexistente? ¿No hubiera sido mejor avanzar en una reforma consensuada que no quedara expuesta a los reclamos judiciales y no corriera riesgos de impugnación pública? Si hasta la nueva Ley de Medios Audiovisuales tuvo debate en todo el país y los que quisieron pudieron expresar su postura. El Poder Judicial es uno de los poderes del estado, establecido por la Constitución Nacional, y una reforma profunda y seria, como la que efectivamente necesita, no merecería ser bastardeada con escándalo público, escenas de pugilatos, insultos al aire y decenas de acusaciones deshonrosas entre los protagonistas.La oportunidad histórica de debatir el rol de la justicia y cómo se implementa en la Argentina pasó de largo en las últimas semanas. ¿Quién puede admitir que el Poder Judicial funciona como la sociedad espera? ¿Y que los operadores de justicia son los más calificados para la tarea que les cabe? ¿O que justicia lenta no es justicia, como lo acaba de demostrar la prescripción de una causa contra María Julia Alsogaray? ¿O que la sensación de cooptación permanente de jueces por los poderes de turno es una constante que se repite desde hace décadas? En rigor, que nuestro sistema de justicia está lejos de ser verdaderamente independiente de los poderes de turno, sean políticos o económicos.Por eso la historia le pasará facturas al kirchnerismo por haber arruinado un debate necesario que no merecía terminar como terminó, aunque el final es probable que se acabe perdiendo entre los expedientes polvorientos de algún oscuro despacho.La mayoría ajustada que le permitirá a estos proyectos pasar el filtro del parlamento no alcanza para tapar la fuerte oposición que generaron. Y nada que sale en medio de un terremoto político será duradero en términos institucionales. Decenas de asociaciones de abogados y magistrados anticiparon que sobrevendrá una catarata de reclamos y planteos que la Corte Suprema tendrá que dirimir. Corte que también se vio envuelta en medio del escándalo y una negociación entre las cabezas de los poderes de características que sólo ellos conocen pero que siembra otro manto de sombras sobre el entuerto. A esta altura, los exégetas de Casa Rosada deberían haber aprendido que del barro no se sale sin manchas y que en el infierno, el fuego, es tan caliente que quema.El sistema político argentino desperdició una oportunidad que las futuras generaciones le reprocharán, por no haber tenido el suficiente grado de madurez para mejorar las instituciones, hacerlas más creíbles y acercarlas a las necesidades de la gente.El 'me quiero ir' del atribulado Ministro de Economía Hernán Lorenzino no tiene perdón. Todo el gobierno sabe que el economista está pintado en el cargo y la Presidenta tiene otros asesores económicos a los que escucha con más atención. Pero la escasa cintura del funcionario para responder una pregunta obvia que cualquier periodista, nacional o extranjero, podría hacerle lo dejó en ridículo. Ni siquiera el relato pudo aprenderse.Que la palabra inflación cause terror entre las huestes oficiales es lo menos importante, sino se le atribuyera a la cuestión la relevancia que se merece. De lo contrario, ¿para qué se lanzó el congelamiento de precios? Las dos variables, dólar y precios, más temprano que tarde deberán ser enfrentadas y el pronóstico, cuanto más tiempo pasa, más pesado se vuelve. Todo en el medio de un proceso electoral en el que el kirchnerismo se juega su supervivencia en el poder. A todo o nada. Como lo marca su historia.
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