LA HISTORIA DEL FLACO OVIDIO
Un cuento de navidad
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Aunque usted no lo crea, hay fieles (y memoriosos) lectores que a veces, al encontrarnos en cualquier parte, me solicitan que publique nuevamente ciertos relatos. Este, es uno de ellos.
Luis Castillo*
El Flaco Ovidio vive a unas veinte cuadras del centro, es un tipo honesto, amable, su único defecto ―si es que se le puede llamar así― es que le gusta prenderse al tinto en horas indebidas.
Tal vez por eso le cuesta tener un trabajo estable y vive de changas. Todos lo conocen, tanto en el barrio como en el centro, saben que es servicial y bien dispuesto a todo tipo de tareas, pero también todos saben lo otro, por eso es que lo llaman una vez o dos y después prefieren no volver a hacerlo.
El Flaco sabe que tiene un problema, lo que no sabe es cómo solucionarlo; la vez que fue a Alcohólicos Anónimos terminó casi a las trompadas con el coordinador. Ah, porque eso sí, el Flaco tiene su carácter. Y muy pocas pulgas.
Cuando llega la época de las fiestas, el Flaco se pone un poco melancólico, quizás hasta triste por momentos. Su única hermana falleció hace un par de años en la sala de Salud Mental del Hospital y desde entonces la soledad le pesa cada vez más. Antes por lo menos tenia a quien hablarle, aunque ella no contestara; porque los últimos meses la Julia estaba como ida, con la mirada siempre al techo y balbuceando quién sabe qué cosas. El Flaco le daba de comer en la boca, le contaba cosas del barrio, le hacía chistes que nadie festejaba, la bañaba cada tanto y la acostaba antes de sentarse solo a tomarse unos vinitos en la puerta si era verano o al lado de un viejo calentador si afuera la helada castigaba los techos.
Un día la encontró más dormida que de costumbre; ya no comía y ni siquiera balbuceaba. El Flaco llamó al hospital y se la llevaron. No volvió nunca más. Esa Navidad la pasó muy mal, se emborrachó temprano y todo el día siguiente estuvo malhumorado y más pendenciero que nunca. Como todos lo conocían y sabían de su dolor, nadie le dio el gusto de trenzarse en una pelea. Eso lo puso peor y se durmió hasta el Año Nuevo.
Pero este año el Flaco quiere que su Navidad sea distinta, consiguió una compañera a la que invitó a compartir la Nochebuena y tiene todo el deseo de que también para él se haga realidad alguna vez eso que escuchó tantas veces del milagro de navidad.
El problema es que no tiene un peso para comprar ni siquiera unas garrapiñadas.
Necesita conseguir una changa, cualquier cosa que le permita comprar un pollo con papas fritas o unas milanesas, aunque sea, para compartir con su compañera. Hasta se prometió que iba a tomar jugo esa noche para ver si de una buena vez las cosas empezaban a cambiar para él.
Recorrió una y otra vez la ciudad de punta a punta viendo si encontraba algo para hacer. Nada. Empezó a sentir que el mundo se desmoronaba sobre él y esa sensación de que todo estaba irremediablemente perdido lo asaltó una vez más. Qué poco había durado el sueño de no pasar solo la Nochebuena, de poder dejar, aunque más no fuera por un tiempo, la bebida; de tener una vida. Con qué cara iba a decirle a ella que no había nada para poner en la mesa.
Cabizbajo, regresaba para el barrio cuando sintió el grito: ¡Flaco!
Giró y se encontró con uno de los muchachos que es bombero voluntario y que vive cerca de su casa. Flaco ―le dijo―, si estas al pedo por qué no nos das una manito en el cuartel, es urgente. Sin salir de su asombro Ovidio cuestionó: Cómo una manito, qué, ¿tienen un incendio? No, boludo, qué incendio, necesitamos un Papá Noel para que vaya arriba de la autobomba para salir por los barrios. ¿Y me van a arrimar unos mangos? Porque estoy en la lona como para pasarme la tarde arriba del camión repartiendo juguetes. Más vale. Quedate tranquilo, cuando terminemos vamos a hacer una vaquita con los muchachos y algo te vamos a tirar.
Llegaron al cuartel, el Flaco se colocó dentro del insoportable traje de invierno con casi 38 grados a la sombra, trepó a la autobomba y salieron a los sirenazos limpios mientras él se terminaba de acomodar una falsa barba de algodón. Comenzaron a recorrer los barrios y los gurises saludaban enloquecidos mientras corrían detrás y al lado del camión; el Flaco movía los brazos como aspas, cada vez más posesionado en su rol de Papá Noel. Realmente estaba disfrutando de todo eso a pesar de que la barba ya estaba empapada de sudor y podía sentir una catarata de transpiración que le caía por la espalda.
Che muchachos ―dijo como al descuido―, ¿algo para tomar no habrá? Me estoy secando como una lechuga aquí arriba. Nadie pareció escucharlo excepto una mujer que, con un chico en brazos, caminaba al lado del camión; dejó al niño en el suelo, entró a la casa y salió rápidamente con una botella de sidra helada que le alcanzó al Papá Noel.
Ovidio hizo volar el tapón y se prendió de la botella hasta vaciarla. Agradeció con la cabeza a la samaritana mientras el camión arrancaba de nuevo y se dirigía hacia el barrio del Flaco, quien iba durito arriba del camión, el que, dado los baches, se sacudía más de lo aconsejable. Fue al pasar por la esquina donde está ubicado el boliche en donde suele recalar toda la barra que, alertados por las sirenas, salieron algunos parroquianos a la calle. Uno de ellos lo reconoció y le pegó el grito creyendo o suponiendo que el Flaco no había tomado nada y entendería la broma: Che Papá Noel, ¿le robaste las guampas al reno o son las tuyas nomás?
Nadie supo en qué momento el Flaco Ovidio se tiró desde arriba del camión y se trenzó a las trompadas con el gracioso del bar. Los gurises, entusiasmados, hacían barra por Papá Noel quien, con la barba por la espalda, tiraba trompadas para todas partes mientras insultaba al agresor. Tres bomberos hicieron falta para sacárselo de encima del otro al flaco, quien estaba totalmente desencajado.
La muchacha, dicen, enterada de esto ni siquiera se molestó en esperarlo esa noche. El Flaco pasó la noche en la jefatura con el disfraz de Papá Noel, o, mejor dicho, con lo que quedaba del traje. El gracioso del bar también quedó detenido en la misma celda, y, como la familia le llevó algunos turrones y pan dulce, no pudo menos que compartirlo con el Flaco. Después de todo, los dos eran del mismo barrio y, como cualquiera sabe, lo que hace que un barrio sea un barrio es que, más allá de cualquier circunstancia, existen los códigos.
*Luis Castillo es escritor, médico y Concejal por Gualeguaychú Entre Todos

