Un debate impostergable
La sucesión de episodios resonantes difundidos con inmediatez y amplitud por los medios de comunicación suele dificultar, cuando no impedir, la observación de cuestiones de fondo. El árbol y el bosque, si se prefiere la imagen clásica.Por Mario Alarcón MuñizUn problema preocupante de la Argentina actual es el de la tenencia de la tierra, sosteníamos en esta columna el domingo pasado. Sin embargo, no tiene mayor repercusión. Cada tanto se escucha la voz de algún predicador en el desierto que pasa de largo arrasado por las internas de los unos y los otros, discursos, promesas, crímenes, asaltos, fútbol para todos, modelos desarropadas, chismerío, en fin, el conocido contenido de los medios nacionales, salvo aisladas excepciones. Y la situación se agrava cada semana porque detrás del barullo grandes empresas extranjeras siguen comprando tierras, avanzan en su dominio territorial y si nadie reacciona, dentro de diez años tendrán en su poder toda la superficie productiva de nuestro país.Lejos de ser apocalíptico, este pronóstico se apoya en la proyección de las estadísticas. En la nota anterior indicábamos que en 2002 la propiedad extranjera de la tierra era de 7 millones de hectáreas. En 2010 esa superficie casi se quintuplicó al llegar a 34 millones. De mantenerse el ritmo, en 2020 las compañías foráneas tendrán 170 millones, es decir el total del área de producción. Pero de esto no se habla. Y es urgente cambiar el rumbo.Luces y sombrasMenos mal que algo dijo la Presidenta en su discurso del martes pasado ante el Congreso de la Nación. Anunció el estudio de un proyecto de ley que será enviado este año al Parlamento con el fin de regular la propiedad de la tierra a los extranjeros "sin desalentar inversiones", aclaró. Como no abundó en detalles es imposible ensayar consideraciones al respecto. Sólo cabe esperar.Mientras tanto, se recuerda que durante su gobierno el Ministerio del Interior dictó en 2009 la resolución 166 por la que dejó sin efecto en algunas zonas de nuestro país una antigua disposición que prohibía la venta de tierras a extranjeros hasta 50 kilómetros de la frontera.No es el único detalle contradictorio. El jueves último un juez de Esquel ordenó a la comunidad mapuche Santa Rosa Leleque el desalojo en el plazo de diez días, de un inmueble recuperado hace cuatro años por ese pueblo originario. Se trata de una propiedad de los hermanos Carlo y Luciano Benetton, a nombre de la Compañía de Tierras Sud Argentino que les pertenece y cuya posesión milenaria alegan los mapuches. Los Benetton poseen allí un millón de hectáreas; los mapuches ocupan 500 hectáreas y desde 2007 han construido casas y cultivado el suelo. Ahora deben abandonar esos predios como sucedió en Formosa con una comunidad toba en noviembre pasado, luego de un episodio violento que derivó en dos muertos. La similitud de estos casos con lo sucedido a fin de año en el campo El Quebracho de Santa Elena (nuestra nota del domingo pasado) ilustra acerca de la diferencia entre los discursos y la realidad cuando de estas cosas se trata. Hacia el gran debate Los pueblos originarios están protegidos temporariamente por la ley 26.160, sancionada en 2006. La norma declara en emergencia la posesión de tierras por comunidades indígenas, suspendiendo ejecuciones, sentencias y actos procesales o administrativos cuyo objeto sea el desalojo o la desocupación. Asimismo dispone un relevamiento técnico, jurídico y catastral de la situación dominial. Se estableció entonces un plazo de cuatro años para la emergencia, ampliado por otra ley en 2009 a tres años más -es decir hasta 2013- porque el mentado relevamiento continúa pendiente.No es serio suponer que el juez de Esquel y el gobierno de Formosa desconocen la ley. En consecuencia se puede pensar, al menos, en el inveterado menosprecio por los de abajo que caracteriza a un sector de la sociedad argentina.Este es el brazo más difícil de torcer. Pero en algún momento hay que intentarlo. La apertura del debate que se insinúa sobre la tenencia de la tierra, su vinculación con la producción, el derecho de la familia rural actual y futura al trabajo y a una digna calidad de vida en el campo, además de otros temas colaterales, pueden encaminar a un cambio esperado e impostergable. Aunque no aparezca en los grandes títulos ni ocupe espacios centrales en los medios electrónicos y tampoco desvele a los funcionarios, este es un tema fundamental de nuestro tiempo si pensamos en la Argentina que vendrá.
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