Un fin de año más allá de la sidra y el pan dulce
El tránsito de la medianoche del 31 de diciembre puede tener un significado múltiple. Habrá quienes, más allá del rito consumista, entre copas y cohetes, encuentran la ocasión de toparse con los otros o con uno mismo. Hay quienes esperan legítimamente estas fechas para afianzar los vínculos familiares primero, y con los amigos después. Una sana tradición que nos recuerda que no somos nada sin nuestros semejantes.El regalo, por ejemplo, se inscribe dentro de la tendencia altruista de dar a los demás, no con el afán de recibir algo, sino para manifestar que es bueno que el otro exista.¿Qué significa vivir en comunidad sino este reconocimiento entre las personas? Lo más valioso del regalo es el modo como se da. A veces no se trata de obsequiar cosas materiales, sino de estar ahí, simplemente.También el fin de año puede convertirse en un balance existencial donde se enfrenta la biografía personal. ¿Quién no se ha preguntado para esta época, por ejemplo, si es feliz?Eudomonología, así llamaban los antiguos al tratado de la existencia feliz. Con lo cual se puede decir que estamos frente a un tema universal, que en todos los tiempos ha interesado a los hombres.¿Qué es esta especie de estado de plenitud absoluta y permanente que no sólo supondría una concordancia perfecta del hombre consigo mismo, sino con las circunstancias exteriores?La otra pregunta es si un estado así es posible que exista, o es sólo una utopía, es decir una meta inalcanzable, al menos en las condiciones de existencia actuales.La condición del hombre es paradojal: mientras el descontento parece una enfermedad incurable en él, por otro lado se ve impelido irrevocablemente a la felicidad.Hoy, para mucha gente, la felicidad queda reducida a bienestar, nivel de vida, posición económica y social. Ahora bien, si estos bienes se obtienen, ¿colman totalmente el ansia humana?De hecho se podría conjeturar que el hombre es un querer sin término. Cuando satisface un deseo, inmediatamente aparece otro, y luego otro, y así en una cadena sin fin.Entre deseo y satisfacción no se puede lograr un equilibrio permanente. Mientras la exigencia del deseo es infinita, su satisfacción parece limitada. ¿No es esto ya un fracaso, una fuente permanente de frustración?En diciembre de 2010, para reflexionar sobre la fiesta de fin de año, el catedrático de psiquiatría Enrique Rojas, escribió para el diario El Mundo de Madrid un artículo titulado "La lucidez del perdedor". Allí reflexiona que el análisis personal suele ser siempre deficitario, sobre el hecho de que toda exploración retrospectiva -esa que uno hace entre una etapa que se cierra y otra que se abre-, acumula fallos y errores.En el artículo Rojas alerta sobre los espejismos que rodean a determinados éxitos, a los que asociamos banalmente con una existencia feliz, y a la fecundidad vital que entrañan supuestos fracasos."Lo que la gente llama éxito no es otra cosa que un cierto triunfo que tiene resonancia social, y muchas veces uno se pregunta qué precio ha habido que pagar por alcanzar esa circunstancia", dice.Por otra parte el fracaso, que significa que algo no ha salido como nosotros queríamos, puede ser una palanca para el crecimiento personal. "Hay derrotas que con el paso del tiempo se convierten en genuinas victorias", refiere Rocas."La derrota enseña lo que el éxito oculta. Es la lucidez del perdedor", sostiene el psiquiatra dando a entender que de la mayor adversidad se puede extraer el mayor bien.
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