Un Gualeguaychú que late en sus museos
La Capital del Carnaval esconde secretos y una memoria viva en esos enclaves nostálgicos que son los museos, cuyo recorrido puede deparar un viaje cultural fascinante a los turistas que nos visitan.Vivimos en una época donde prevalecen los espacios funcionales y asépticos donde sólo tiene lugar el ritual del consumo de mercancías (comercios y shoppings) o se realizan trámites (oficinas)."No lugares", así les llama el antropólogo Marc Augé a estos sitios posmodernos donde se vive en un constante presente y el pasado ha sido desalojado a sabiendas.A diferencia de estos espacios, todavía existen esos otros donde uno se puede sumergir en una atmósfera de familiaridad con la historia de un pueblo, con las huellas humanas de una ciudad.Esos son los museos que como testimonio de la vida de un pueblo son organismos vivos, que se vuelven traslúcidos y comunicativos a quien está dispuesto a escuchar los ecos del pasado, en objetos, fotografías y relatos.Gualeguaychú tiene varios de estos templetes desde donde es posible rastrear la historia de personajes, las situaciones epocales o los acontecimientos sociales significativosEl Solar de Haedo, la construcción más antigua de la ciudad (1800), con su hermoso perfil colonial primitivo, cosecha admiración. Muchos quedan fascinados al saber que Giuseppe Garibaldi, al invadir y saquear la ciudad en 1845, utilizó ese solar como cuartel y en su azotea emplazó un cañón dirigido a la casa del Coronel Villagra.También la Azotea de Lapalma llama la atención de los visitantes. En esa antigua casa, construida en 1830, vivieron los Lapalma, tradicional familia de Gualeguaychú. Además de los personajes que la visitaron, como Olegario Víctor Andrade o Emilio Mitre, se cuenta que en ella dejó de existir Isabel Fruto, "la que murió de amor".El museo que más años lleva funcionando es el del Instituto Magnasco, fundado en 1925. Contiene importantes piezas históricas de diversa índole, lugares y épocas. Por ejemplo un incunable del siglo XV, obras de arte sacro del siglo XVI, instrumentos musicales del siglo XVIII.El Magnasco cuenta además con un monetario y medallero, una oploteca (con elementos de historia de la ciudad y armas antiguas), y una sala de arte tipográfico (colección de grabados, aguafuerte, xilografías y litografías).Por otro lado, Gualeguaychú posee un Museo Ferroviario, donde se exhiben piezas de ese medio de transporte, clave alguna vez en el desarrollo regional.El Museo Agrícola Regional, en tanto, recoge máquinas y herramientas usadas por los abuelos gringos (italianos, españoles y alemanes del Volga). Además, fotos y gráficos recuerdan cómo era la vida de la patria chica agropecuaria, base de nuestra conformación social.Está también el Museo Arqueológico Manuel Almeida, que atesora elementos del patrimonio arqueológico de la Costa del Uruguay y el Delta Entrerriano.Almeida, un autodidacta interesado en la arqueología y la paleontología, comenzó a investigar las culturas anteriores que vivieron en esta zona. Así, caminó campos y playas y encontró las huellas de nuestros antepasados indígenas.Por otro lado, el Cementerio Norte es parte del rico patrimonio arquitectónico de Gualeguaychú, y recorrerlo entrega claves para entender el proceso de formación de la sociedad nativa.Los museos de la ciudad se erigen, en suma, como sitios que superan la lógica de la amnesia, propia de los "no lugares", y recuerdan a quienes los visitan el rostro humano e histórico de la comunidad, a través de su pasado.
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