Un legislador cuesta 1.000 vacas
“Un diputado nacional cuesta lo mismo que 1.000 vacas”, dijo el ex legislador menemista. Una interpretación del aserto sería la siguiente: para ganar lo que un legislador nacional en un año, hay que tener 1.000 vacas produciendo en el campo, también en un año.
La cifra aproximada sería poco más de 200.000 mil pesos. Lo que mensualizado da alrededor de 18.000 pesos, que es lo que percibiría un legislador nacional todos los meses.
Al margen de la ecuación económica, Alasino aparentemente ha querido ironizar sobre la mentada oligarquía, el mote que el kirchnerismo les aplica a los productores.
¿La oligarquía donde está? ¿Son los ganaderos, que deben trabajar para producir riqueza, o la clase política, que cobra de la “ubre” del presupuesto estatal?
Ironías políticas al margen, el dato económico es la depreciación de una producción tradicional que no reditúa y cuyo valor tiene un desfajase notable respecto del valor de otros bienes.
Otra relación: un par de zapatillas de marca puede valer lo mismo o más que una vaca. Veamos. El kilo de carne de vaca de conserva acaso llegue a los 85 centavos. Ese tipo de animal suele pesar 350 kilos.
Es decir, esa vaca vale 300 pesos. ¿No vale eso un par zapatilla de calidad en el mercado?. El lector podrá ensayar otras comparaciones, aplicando ese monto a otra infinidad de bienes de consumo.
Quizá de golpe se sienta “rico” en términos vacunos. El ejercicio intelectual, en realidad, le permitirá comprender la distorsión de precios existentes en la economía, en detrimento de un bien como la vaca.
Quienes conocen la realidad del campo atestiguan que lo que pasa con la carne ocurre en otros rubros. Como es el caso de la leche. Al productor se le paga el litro entre 68 y 72 centavos.
No solo produce a quebranto. Un sachet de leche al consumidor vale más del doble. Mientras tanto los consumidores argentinos se quejan de que los productos lácteos (como los quesos) son inaccesibles para sus bolsillos.
Volviendo al valor de la vaca, hay coincidencia en que está en el peor momento. Un productor le comentó a esta página: “No vale nada. No la quiere nadie. Y se está faenando un montón. Nos estamos comiendo las madres. Cuando se termine ese proceso de liquidación, no va a haber carne”.
¿Qué pasará entonces? “O aumenta sustancialmente el precio y le dirán a los argentinos que coman menos carne. O se importará. Pero importar significa comprar carne al precio internacional. Aquí Guillermo Moreno no podrá intervenir. ¿Subsidiarán entonces la carne importada para el mercado interno? ¿Con qué dinero?”.
El país agropecuario da señalas de alerta en todos los rubros. Por primera vez en cien años la Argentina dejará de exportar trigo, según todos los cálculos. ¿Acaso volveremos a la época del “pan negro”?
Entre el juego combinado de una política gubernamental errática y la feroz sequía, caen las cosechas y la producción pecuaria, al punto que se puede llegar al absurdo de que la Argentina, nada menos, deba verse obligada a comprar alimentos afuera.
El fenómeno de la sojización del campo –la única explotación rentable de estos años- es la contracara de esta pérdida de diversidad productiva del país. Esto en un contexto donde la crisis mundial ha castigado menos a los alimentos que a los productos industriales.
¿Existe la política que aliente la producción y a la vez proteja al consumidor argentino?
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