Un país hecho con el aporte inmigratorio
La personalidad básica de los argentinos -si cabe hablar de este modo- se ha constituido con presencia extranjera. El Día del Inmigrante, que se celebra hoy, recuerda este rasgo esencial.La fecha conmemorativa fue fijada por el decreto N°21.430 del Poder Ejecutivo Nacional de 1949, para recordar que un 4 de septiembre, pero de 1812, el primer Triunvirato fijó políticas al respecto."El gobierno ofrece su inmediata protección a los individuos de todas las naciones y a sus familias que deseen fijar su domicilio en el territorio", se lee en un decreto de ese órgano ejecutivo formado por Feliciano Chiclana, Manuel de Sarratea y Juan José Paso.Aún no se había declarado la independencia nacional, y se peleaba todavía en el territorio con las fuerzas realistas, pero ya el gobierno de Buenos Aires daba señales de apertura generosa hacia ciudadanos de otras latitudes.Frente a los intentos estatales de encerrar el país, y tras la batalla de Caseros, se abrió expresamente la puerta al ingreso de habitantes de Europa y otros países con ganas de trabajar.En efecto, el Artículo 25 de la Constitución de 1853 reza: "El Gobierno Federal fomentará la inmigración europea; y no podrá restringir, limitar ni gravar con impuesto alguno la entrada en el territorio argentino de extranjeros que traigan por objeto labrar la tierra, mejorar las industrias e introducir y enseñar las ciencias y las artes".El preámbulo de la Constitución Argentina habla de "asegurar los beneficios de la libertad, para nosotros, para nuestra posteridad, y para todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino".Argentina ha sido por tanto un país de recepción de extranjeros, fundamentalmente de origen europeo -hasta la década de 1930 - y latinoamericano -desde fines del siglo XIX-.La experiencia histórica indica que la gente huye de sus países de origen en busca de un destino mejor. Y éste ha sido el gran estímulo para la migración reciente hacia Buenos Aires desde el interior y desde el entorno latinoamericano.Provincianos y extranjeros pobres buscan vivir lo más cerca posible de la demanda de trabajo y de mejores servicios básicos (viviendas, escuelas, hospitales, etc.). Y eso se lo brindan los grandes centros urbanos.Los europeos que bajaron de los barcos entre 1870 y 1930 tenían iguales carencias. La mayoría eran analfabetos y de origen campesino, que la pasaban muy mal en sus países de origen.A las penurias que sufrían muchos de ellos en las bodegas de los barcos, en la larga travesía de los puertos de Europa a Buenos Aires, se sumaba el hecho de que acá las condiciones de recibimiento no eran las mejores.Pronto se originó en el Plata un grave problema habitacional, dado que la población crecía más rápido que la vivienda. El "conventillo" fue la solución que se encontró en la ciudad para paliar este déficit.No debe perderse de vista esta analogía: los inmigrantes de hoy como los de ayer buscan obtener un ingreso y unas condiciones de vida mejores que en el territorio de origen.Frente a este flujo, suelen aparecer las actitudes xenófobas de los nativos. Las mismas que hubo con aquellos europeos que habitaron los conventillos, y fueron nuestros abuelos.Todo lo cual nos recuerda que siempre existieron los instintos de desconfianza y agresividad hacia el "otro". Este fenómeno de rechazo es antiquísimo. Sin embargo, más allá de alguna ojeriza hacia el extranjero, Argentina ha sido un país permeable a la inmigración.
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