Un país mejor no se construye con gritos o descalificaciones
La política argentina sigue en medio del barro y le cuesta salir. Hablar de diálogo, consenso o tolerancia, se está volviendo una quimera en medio de acusaciones y gritos. Así será más difícil hacer un país mejor.Jorge BarroetaveñaLos escraches son el sinónimo de la anti política. ¿Sabe por qué? Porque le niegan la palabra al otro rebajándolo a un mero espectador de sus propias agresiones. ¿Qué es escrachar a alguien? Wikipedia deja esta definición: ESCRACHE es el nombre dado en el Río de la Plata, principalmente Buenos Aires y Montevideo, a un tipo de manifestación en la que un grupo de activistas se dirige al domicilio o lugar de trabajo de alguien a quien se quiere denunciar.Tiene como fin que los reclamos se hagan conocidos a la opinión pública, pero en ocasiones también es utilizado como una forma de intimidación y acoso público, para lo cual se realizan diversas actividades generalmente violentas. En Chile estas acciones son conocidas como funa. La versión peruana, con una connotación más simbólica, se llamó roche y sus activistas firmaban como el roche.También la Academia Argentina de Letras dice lo suyo sobre el tema. En su Diccionario del Habla de los Argentinos lo toma como una "denuncia popular en contra de personas acusadas de violaciones a los derechos humanos o de corrupción, que se realiza mediante actos tales como sentadas, cánticos o pintadas, frente a su domicilio particular o en lugares públicos".El escrache en realidad, y más allá de toda definición, se reduce a negarle la palabra al otro. Es un fenómeno reciente que implica 'patotear' a otro que está solo y desprotegido, aunque siempre invocando una justa razón sea política, judicial o de cualquier otra índole.La cuestión es: ¿se justifica? No, no se justifica bajo ningún aspecto en los sistemas democráticos que brindan múltiples herramientas para manifestar el descontento. En el caso de la Argentina, el escrache en política amaga convertirse en una peligrosa costumbre. ¿Quién asegura que la violencia verbal de un escrache no puede terminar en violencia física? ¿Quién asegura que, como en los códigos de las patotas, basta que uno sólo se anime a pegar para que los demás lo sigan?Frente a esto, la responsabilidad institucional de aquellos que tienen una cuota de poder aumenta hasta el infinito. Y los escraches deben ser condenados amplia y claramente por todos. De nada sirve ponerse a evaluar su origen o argumento para encontrarle alguna justificación. La imagen del viceministro Kicillof deslizándose atribulado por los pasillos del Buquebús abrazado a su hijo, en medio de insultos, no tiene vuelta.Fácil sería comprender los motivos de la protesta, la indignación por el doble discurso o la indiferencia ante muchos reclamos, pero nada alcanza para blanquear semejante escena. Después de todo, el que toma las decisiones y defiende el modelo es el viceministro, ¿qué culpa pueden tener sus hijos y su esposa?Pero la modalidad del escrache sigue ampliando las fronteras y en la Argentina parece estamos dispuestos a innovar. Si lo que le pasó a Kicillof es repudiable y debe ser condenado, lo mismo debió haber pasado con muchos otros casos que contaron con el silencio oficial.¿Es bueno para mejorar el clima de convivencia que desde el atril presidencial se escrache a un operador inmobiliario porque este se atrevió a decirle a un medio que el mercado está paralizado desde la vigencia del cepo cambiario? ¿Es bueno para darle más sustento a la tolerancia repetir hasta el hartazgo y hurgar en las historias personales, tratando de desacreditar conductas, desde la televisión pública, es decir desde el propio estado? No, no es bueno y lejos está de contribuir a la tolerancia y evitar que la modalidad de los escraches se siga propagando.El vicepresidente Amado Boudou tuvo que soportar silbidos e insultos en Santa Fe. Era lógico, en una tierra donde el enfrentamiento con el socialismo es abierto y con el precedente de los silbidos que se 'comió' hace poco tiempo el propio gobernador Bonfatti de parte de los muchachos de 'La Cámpora'.Pero lo que sucede en actos oficiales forma parte de las reglas del juego. Después de todo, la gente tiene derecho a expresarse y está bien que lo haga, sin agredir ni insultar. Y así lo entendió el propio Boudou cuando se definió como un político que se 'la banca'. Demás está decir que un amplio cordón de granaderos, custodios y policía lo protegían de cualquier salvaje al que se le saltara la cadena.Pasando en limpio. Los escraches son un síntoma de la intolerancia con la que se viven las diferencias en la Argentina y un indicio preocupante de cómo el sistema no puede digerir los reclamos y las protestas. Las democracias modernas quedaron lejos de ser sólo el ejercicio del voto cada dos o cuatro años. Ofrecen muchos otros instrumentos para que los ciudadanos puedan canalizar sus demandas, sus broncas y sus pareceres. En la Argentina parece que hemos perdido la capacidad de escucharnos y sólo hablamos a los gritos. Y entenderse así es muy difícil por no decir imposible. Esto engorda notablemente la responsabilidad de quienes nos dirigen, y fueron elegidos para ello. Oficialismo y oposición, desde la Presidenta hasta el último opositor tienen la obligación de contribuir a hacernos vivir en un país de más concordia, con menos alaridos y descalificaciones. No debería ser complicado porque, al cabo, otro clima también servirá para mejorar sus posibilidades de éxito. Sería una pena que no se dieran cuenta.
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